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La década de los ochenta se caracterizó por una euforia constructiva y transformadora. Además, parecía que había dinero o, al menos, era posible el endeudamiento.
Había que actuar para dar satisfacción a las demandas acumuladas, demandas que eran amplias y dispersas. Para ello se diseñaron equipamientos amplios y repartidos.
La respuesta debía ser activa y positiva, no había lugar para el no
es posible.
La valoración de esta década no puede ser menos que altamente positiva
si la comparamos con los años de desierto anterior que la precedieron.
Pero entramos en una nueva década, con unas nuevas demandas y
exigencias. A principios de los ochenta, lo importante fue que hubieran
compañías de teatro, que pudiéramos ver espectáculos que sólo habíamos
podido leer.
No importaba si teníamos que hacerlo sentados en el suelo o si los
decorados eran de papel o hacía frío. Reivindicábamos otra cosa.
Ahora, además, hay que hacerlo bien y que nos cueste poco: facilitar la
compra de entradas, hacer una buena difusión, empezar a la hora en
punto, asegurar un buen despliegue técnico en el escenario y, por
supuesto, buena visibilidad, comodidad en las butacas y que funcione la
calefacción o el aire acondicionado. No es suficiente con hacer las
cosas, ahora hay que hacerlas bien.
Un salto cualitativo
Ha habido un salto cualitativo importantísimo en cuanto a las exigencias
de los ciudadanos. Por tanto, la respuesta ha de ser diferente.
Los equipamientos container no sirven para las nuevas demandas. Hoy
necesitamos estructuras ligeras y dinámicas que permitan a la gente
reunirse en pequeños grupos, que experimenten y propongan, que acerquen
los recursos a sus necesidades cotidianas.
Cultura y vida cotidiana están íntimamente ligadas, si no hay cultura
no hay vida. Cultura cotidiana, formación, creación, información y ocio
van unidos al individuo y son estrictamente necesarios.
La cultura lo es todo menos algo superfluo y sólo cuando cultura y vida
se separan se convierten en superfluas las dos.
Una crítica de arte constataba recientemente la existencia excesiva de salas de exposiciones y afirmaba que en Zaire no había ninguna y no pasaba nada. Al margen del mal gusto del ejemplo, se olvida la diversidad de las formas de cultura.
Cuando se deja caer que en los países del Tercer Mundo no hay cultura, se olvida que es allí donde la cultura va más ligada a la vida, donde la forma sólo es importante si sirve para la función ritual de unión de la comunidad.
Cuando la cultura desaparece en los países que falsamente llamamos
del Tercer Mundo, a menudo desaparece la vida, es decir, se rompen los
signos de identidad y la convivencia se modifica hasta límites por todos
conocidos.
La herencia cultural del franquismo fue también el desierto en la
cultura juvenil.
Los Casals de Joves fueron los espacios que intentaron dinamizar la
cultura de los jóvenes en las ciudades. Fueron, y todavía son hoy, unos
espacios polémicos.
Nacieron de la buena voluntad y los pocos medios de mucha gente
y fueron al mismo tiempo la respuesta desconcertada y apresurada de los
primeros ayuntamientos democráticos.
El Prat, una experiencia
En El Prat, igual que en otras ciudades, el Casal de Joves de Torre
Muntadas fue una conquista y lo que había detrás no era muy diferente a
lo que hoy llamamos kasas okupadas. La cuestión era conseguir locales
para los jóvenes y quien los tenía era el Movimiento.
En el año 1978 la Taula de Joves del Prat hizo una campaña para
conseguir el patrimonio y el presupuesto que el Ayuntamiento franquista
destinaba a la Delegación local de la Juventud y a la OJE.
A principios de 1979, se consiguió el uso de la primera y segunda planta
de Torre Muntadas (antigua sede del Consejo Local del Movimiento y del
Sindicato CNS) como Casal de la Joventut.
Se constituyó una comisión gestora integrada por representantes de todas las entidades juveniles del Prat que elaboró los estatutos y convocó la primera asamblea.
El Casal de Joves del Prat se inauguró el 13 de mayo de 1979. Curiosamente el día de la inauguración es también el día del primer cierre del Casal: el suelo cedió por la acumulación de personal que asistía a la inauguración.
A pesar de todo, las actividades continuaron regularmente a partir
del núcleo de gente que se constituyó en comisión gestora.
El Casal de Joves del Prat continuó en funcionamiento hasta 1988, fecha
en que el Ayuntamiento decidió rehabilitar el edificio.
La entidad que lo sostenía demostró su fragilidad al no encontrar alternativas al espacio perdido.
La única entidad usuaria del espacio, que resistió la pérdida de
local, fue el Teatre Kaddish, fundado por Josep Costa en 1975 y que se
había integrado en el Casal de la Joventut con mucha fuerza.
La experiencia del Casal de la Joventut del Prat demostró que no era
suficiente con la cesión de un espacio y la dedicación y voluntad
entusiasta de mucha gente que entra y sale. Aquellas experiencias tan
innovadoras y pioneras revelaron sus deficiencias conforme se iba
normalizando la vida de un país que había disimulado su existencia
durante buena parte de su historia.
En El Prat, la promesa de un espacio de juventud público se convirtió en
histórica.
Entonces llegó el Carnet Jove...
¿Qué espacio público?
No es difícil asimilar ayuntamientos de progreso con ayuntamientos que
se plantean políticas serias destinadas a los jóvenes.
El objetivo común fue colaborar a crear ciudadanos activos, críticos
y solidarios. Mientras tanto la política de la Generalitat de Catalunya
se animó a crear redes de descuento y a mal disimular una cierta
aprensión por estas iniciativas tan necesitadas de apoyo.
Es descorazonador ver que, después de dieciseis años, no ha cambiado
nada esta forma de hacer. Y más descorazonador todavía comprobar cómo
nos hemos acostumbrado de tal manera a la situación que ya hace mucho
tiempo que no decimos nada.
Los ayuntamientos de izquierdas han hecho muchas cosas bien hechas y
otras no tanto. Hoy, estos ayuntamientos sufren una época de desencanto
y autocrítica aguda en relación con los equipamientos y las políticas de
juventud.
De la era de la reivindicación se pasó a la era del Yo individual: toda intervención tenía el estigma del pecado y de la era del Yo se derivó al pesimismo.
Como los presupuestos han bajado de manera drástica no ha dado tiempo a reflexionar sobre la eficacia de los nuevos programas por objetivos.
Queda en manos de los ayuntamientos de progreso que la
reflexión que se pueda hacer no acabe por mercantilizar y analizar la
cultura desde parámetros exclusivamente económicos, o puramente
economicistas.
Surgieron los Planes Integrales de Juventud como las propuestas más
rigurosas de actuación. Se partía de la idea según la cual no era el
ocio la única vertiente de la juventud que debía atenderse, tampoco la
formación, el deporte, la vivienda, la sanidad o los servicios sociales.
Era necesaria una coordinación y una atención transversal desde
la perspectiva de la juventud.
No es fácil decir si estos planes integrales han respondido
positivamente a las expectativas que los crearon.
Otra de las vías de actuación escogida por algunos ayuntamientos ha sido
la de incidir especialmente en el ámbito de la cultura: desde el punto
de vista organizativo se han unificado los departamentos de cultura y
juventud y se han centrado los objetivos en dotar la ciudad de unos
recursos culturales dirigidos especialmente a los jóvenes.
Esta opción es sólo aparentemente inocente (administrativamente
inocente) y en nuestra manera de verlo contiene una gran dosis de
renovación y fe en el futuro: una visión de la cultura ligada a la vida.
Cultura cotidiana, formación, creación, información y ocio van
unidos al individuo y son estrictamente necesarios.
Cuando se nos encargó este artículo nos dijeron... nos atribuían, muy
amablemente, la virtud de haber sabido sintonizar con ciertas
iniciativas surgidas de la ciudad y haber dado una respuesta adecuada y
duradera.
En realidad nos teníamos que centrar en el caso del proyecto del Centre de Cultura Contemporània del Prat.
La Capsa puesto en marcha hace poco más de un año. Interesaba
el concepto de equipamiento intermedio (entre los centros de base y los
centros de ámbito nacional) y quedaba para más adelante y, seguramente,
para otras personas, la valoración de la puesta en marcha y
funcionamiento de este equipamiento.
El papel de las instituciones
Sintonizar, en el sentido que dábamos en la conversación en la que nos
comprometimos a realizar el artículo, quiere decir, seguramente, lo
mismo que identificar el público, identificar la gente a la que se
dirige el proyecto y ser capaces de ser motor en la actuación.
Cuando desde la administración se ponen en marcha actividades
sin identificar el público a menudo se suele hacer un programa a cuatro
tintas, con un buen presupuesto que sirva para enmascarar la falta de
participación o de interés en la propuesta.
Sintonizar, en este sentido, quiere decir identificar el caldo de
cultivo que hay en la ciudad y ser capaces de proporcionar los recursos
para el desarrollo libre y crítico.
Para sintonizar no hay cursillos; más bien hay que ir con los ojos bien abiertos, leer todas las revistas, los fanzines, asistir a lo que hace la gente que crea cultura en la ciudad (dentro y fuera de nuestra ciudad), entender, preguntar, escuchar, dialogar.
Después, de lo que se trata es de analizar si aquello que se
está cociendo tiene un interés general y si puede ser aprovechado por la
colectividad como instrumento de autoestima, identificación e ilusión
colectiva.
El espacio de La Capsa debía ser un equipamiento de nueva planta,
moderno en el marco de una ciudad en transformación.
Los objetivos se centraron en ampliar al máximo los niveles de información, formación y creación dirigidos a los jóvenes, con la participación y el protagonismo de los usuarios.
Se trataba de una apuesta de futuro para los jóvenes creadores pratenses de todas las disciplinas que en los últimos años han ido aumentado considerablemente en número y expectativas y se han significado por su identificación con el marco urbano y la innovación.
Se trataba, además, de una apuesta por la participación activa
de las entidades de jóvenes, en especial de los jóvenes estudiantes. El
espacio de La Capsa, por su ubicación, es un instrumento para los
institutos de secundaria del Prat. El proyecto de La Capsa plantea una
reflexión sobre el papel de la información para los jóvenes.
Una olla abierta a todos
En el diseño del espacio se deberían incluir infinidad de influencias:
las visitas al Melkweg de Amsterdam al Comfort Modern de Poitiers, al
Use it de Copenhagen y a las fábricas reaprovechadas de Zürick, Berna,
Berlín y Nuremberg;
La Nave de Madrid y el Transformadors de Barcelona; la escuela de rap pratense -una de las más acreditadas del Estado- y las músicas vanguardistas de nuestra ciudad, que comienzan a ser reconocidas; el colectivo de jóvenes creadores locales, la asociación de músicos de rock y canto coral,
los colectivos ecologistas y SOS Racisme, los video-creadores y los
conceptuales, los estudiantes, el Circuit Zero, los talleres de creación
plástica de la Bauhaus de Weimar, las radios libres catalanas... de todo
esto y de más cosas se ha impregnado La Capsa.
En definitiva se trataba de poner a hervir una olla abierta a todos,
donde la interrelación fuera la norma de funcionamiento. Era necesario
abrir un espacio de contacto, donde la información circulara de una
manera nueva y activa, fuera protagonista. Había que contrastar la
creación local con la del resto del mundo.
Era necesario, además y sobre todo, que económicamente fuera viable, es
decir, casi autosuficiente. Para conseguir todo ésto pensábamos que
debía liberarse a los usuarios de la carga de supervivencia del
equipamiento profesionalizando la gestión, al tiempo que se mantenía
principalmente en manos del movimiento juvenil.
La Capsa es un centro público que tiene como objetivo facilitar a los
jóvenes recursos de información, formación y diversión, así como
fomentar la participación asociativa. El modelo de gestión elegido
acentúa el carácter público del centro.
El hecho de que se gestione por un colectivo ajeno al Ayuntamiento en
ningún caso debe hacer pensar en una gestión privada, al contrario, se
tiende hacia la autofinanciación y al reparto igualitario de los
recursos, resaltando su carácter público y acercando la gestión y la
toma de decisiones a los propios usuarios.
El modelo de gestión incluye dos órganos de coordinación: un Consell de
Centre y una Comissió dActivitats encargada de programar.
El Director es el único trabajador municipal del equipamiento y forma
equipo con una empresa concesionaria a la que el Ayuntamiento contrata
por tres años la gestión integral del Centro: talleres, exposiciones,
actuaciones, bucs de ensayo, servicio de bar, tienda, limpieza, todos
los mantenimientos, etc.
El modelo económico es exigente, prevé crear un equipamiento autónomo
que equilibre la capacidad de generar ingresos y la calidad de los
servicios y actividades. El Ayuntamiento aporta aproximadamente el 10%
de los gastos y al Director.
El otro 90% se financia con los ingresos que el propio centro genera: bar, alquiler de bucs y salas, producciones propias...
La empresa concesionaria tenía que contratar aproximadamente ocho
personas de forma directa (camareros, informadores-animadores...) y
trabajar indirectamente con doce más (técnicos de sonido y luces,
comisariado exposiciones, talleristas...).
Este modelo económico experimental se debía respetar durante una primera
fase de funcionamiento del centro. Su valoración deberá permitir al
ayuntamiento medir la aportación en función de los objetivos que en cada
momento se fijen.
En la práctica, el funcionamiento del centro está garantizado sólo en
sus mínimos.
La puesta en marcha se realizó sobre unos presupuestos restrictivos y, por lo tanto, dependerá mucho de las actividades autofinanciadas en detrimento de aquellos programas que contempla el proyecto que requieren una inversión económica sin perspectiva de ingresos.
Atendiendo a criterios estrictamente económicos podríamos decir
muy esquemáticamente que en función del apoyo municipal será más centro
cultural y menos lúdico o a la inversa.
La gestión y los servicios
En un momento en que el tema de la financiación de los equipamientos
culturales está en el orden del día, cuando se buscan fórmulas que
permitan conocer los costes reales de las actividades y la relación de
éstas con el usuario,
pensamos que el proyecto de La Capsa puede ser una aportación
interesante al debate sobre los modelos de gestión de los equipamientos
públicos.
Al concurso público de la concesión del centro se presentaron cuatro
proyectos, todos ellos de autoocupación de jóvenes de la ciudad.
Finalmente se adjudicó a un grupo de jóvenes vinculados a la Associació dEstudiants del Prat, gente muy joven y sin experiencia previa, lo que fortalecía el papel asignado previamente al Director.
Hay que decir que, después del primer año, se han ido
consolidando las previsiones económicas con una exactitud incluso
sorprendente y se ha conseguido un buen nivel de profesionalidad en el
equipo de gestión.
Los espacios de La Capsa están pensados para posibilitar el desarrollo
de las inquietudes de los jóvenes y desvelar iniciativas con el objetivo
de sentar las bases de una ciudad más rica y creativa.
En el equipamiento de La Capsa se encuentran los siguientes servicios y
recursos:
l Hotel de entidades y sala de reuniones: a disposición de las entidades
el motivo social de las cuales sea compatible con el del centro.
Tienen prioridad las asociaciones de animación socio-cultural, las
artísticas y las de estudiantes. Las entidades designan un representante
en el Consell de Centre y en la Comissió dActivitats.
- Servicios Municipales: servicio de información juvenil "El Lloro" y
Servei dInformació en Sexualitat i Anticoncepció (SISA).
- Tres bucs de ensayo para grupos musicales con doce armarios para material y un estudio de grabación.
- Sala multimedia apta para todo tipo de actuaciones (conciertos,
proyecciones, teatro, acciones, performances...). Aforo aproximado de
700 personas. Servicio de bar interior. El equipo de sonido y luces es
adecuado para presentaciones profesionales.
- Estudios e instalación de radio.
- Tienda con material generado por el centro, maquetas, discografía independiente, merchandising...
- Bar-punto de reunión.
- Taller de video y artes plásticas.
- Sala de exposiciones.
Los bloques de actuación o programas del centro que se definieron, son
los siguientes:
- Información juvenil.
- Recursos musicales.
- Área creativa.
- Apoyo a entidades juveniles y de solidaridad.
Los programas
Los definiremos brevemente. El primero trata de organizar un servicio de
información activo, que trabaje con grupos, organizados o no, y
profesionales que traten con jóvenes y que permita no sólo servir de
banco de información apto para ser consultado,
sino que también haga circular la información y los recursos dentro y
fuera del centro.
El programa de recursos musicales incluye los proyectos de
funcionamiento de los bucs de ensayo musical, los talleres de
aprendizaje de instrumentos, el estudio de grabación y la programación
musical de La Capsa.
Hay que decir que la sala de actuaciones se abrió con la voluntad de ser punto de referencia en la comarca y sala alternativa para grupos en circuito de carácter profesional y semi-profesional.
La programación está basada en el pacto con los promotores y no
excluye la posibilidad de organizar conciertos o actuaciones con el
argumento de la calidad, a pesar de que se encienda la alarma de lo
minoritario.
El programa del Área Creativa de La Capsa es, en nuestra forma de
pensar, el más incitador y, al mismo tiempo, el más sometido al
condicionamiento económico. Engloba diversos programas de formación,
exposición y, otros puramente lúdicos dirigidos a artistas, estudiantes
y público.
Por una parte, los talleres de video-creación y plásticas se plantean como espacios de trabajo para creadores con formación o que la quieran recibir.
La formación se rige por los principios de la maestría, trabajo en común y experimentación con materiales.
Por otra parte, en el Área Creativa han de trabajar jóvenes con una dedicación que permita elaborar proyectos de difusión y talleres dirigidos a los institutos de secundaria,
organizar sesiones lúdicas y formativas dirigidas a los jóvenes, programar las salas de exposiciones en función de dos criterios: presentar a los jóvenes creadores locales y contrastarlos con los creadores del resto del mundo cuyo mensaje artístico o social sea transmisible por la creatividad, la provocación o la ironía de sus planteamientos.
Finalmente, Fang Club, un espacio nocturno de encuentro entre público
y creadores en el que se reciben, presentan y someten a crítica y debate
todo tipo de propuestas efímeras (acciones, instalaciones de un día...).
Por último, el programa de recursos destinados a las entidades
juveniles, las constituidas legalmente y las de hecho,
trabaja proyectos de actividades con contenido solidario y coordina
iniciativas ecológicas y socio-culturales, integrando su trabajo en la
dinámica del centro.
Una propuesta para el diálogo
Los espacios públicos intermedios de las ciudades modernas deben
adaptarse a su propia realidad y nunca seguir modelos rígidos o
estandarizados.
Su diseño como espacio arquitectónico, su gestión y las
actividades deben ser fruto del diálogo, del conocimiento del territorio
y del trabajo en equipo.
El proyecto de La Capsa responde, en general, a la necesidad de ofrecer
a los jóvenes de la ciudad recursos culturales colaborando en crear
ciudadanos activos, críticos y solidarios.
De alguna manera demuestra que se pueden ofrecer servicios públicos
de calidad acercando la gestión y la toma de decisiones a los usuarios,
favoreciendo la interrelación y la comunicación y fomentado el respeto,
la crítica y la libertad de pensamiento.
La gestión de la cultura no sólo es necesaria desde las administraciones
públicas, sino que se hace imprescindible para asegurar el reparto
igualitario de los recursos, fomentar las capacidades creativas de los
ciudadanos,
facilitar los canales de información que nos hacen más libres y
capaces y, al mismo tiempo, utilizar los recursos culturales para el
desarrollo personal de los individuos en sociedad.
Xavier Giménez Casas Rafael Milán Amat - http://www.lafactoriaweb.com
Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*
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