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Tan sólo los agentes sociales, a nuestro modo de ver las cosas, se aproximan a lo que está ocurriendo en el mundo -y, por definición, a Europa- mirando de una manera más extrovertida.
Tal vez la explicación de ello radique en que están más atentos a las
grandes mutaciones económicas, sociales y tecnológicas que están en
curso, de un lado, y, de otra parte, a que la empresa es el centro donde
se expresan con más evidencia tales cambios.
Y porque, posiblemente, estemos asistiendo a una fase, por decirlo con
Karl Polanyi, de gran transformación, es por lo que los agentes sociales
(escaldados por antiguas faltas de atención a lo que iba cambiando) no
han querido perder el compás en las actuales circunstancias.
Así las cosas, parece que nos encontramos ante una cierta afasia: el
debate político tiene unas características que sólo se circunscriben a
su ámbito territorial tradicional, mientras que los planteamientos de
los agentes sociales intentan vincularse a los grandes horizontes
supranacionales, a la par que ejercen simultáneamente sus poderes en lo
local.
Se trata, pues, de un desencaje que no ayuda a establecer una
eficaz sinergia entre lo político y lo económico-social, así en
Catalunya como en relación a Europa. De ahí que pensemos que, mientras
el conjunto de las expresiones político-culturales no se imbriquen en lo
supranacional, no estarán debidamente ubicadas en el mundo de nuestros
días.
De manera que nos encontramos ante un déficit clamoroso de debate sobre
los grandes temas que afectan el necesario proceso de construcción
europea. Por ejemplo, hasta donde nosotros sabemos, poco o nada se ha
dicho sobre de las evoluciones del Pacto de Estabilidad (y, según
nosotros, sin crecimiento); poco o nada se ha referido al espectacular y
desgraciado fracaso de la Cumbre de Lisboa; y muy poco o nada se está
hablando de cómo poner las bases gradualmente de un sistema europeo de
protecciones y tutelas sociales.
Ni siquiera el triunfo de Bush ha picado la curiosidad de la
mayoría de las fuerzas políticas de proponer qué papel autónomo, propio,
puede jugar la Unión europea en los grandes asuntos de la arena mundial.
Un debate autárquico
Así pues, tiene sentido que interpelemos amablemente al conjunto del
quehacer político catalán acerca de lo siguiente: ¿tanto silencio en tan
relevantes temas es fruto de una personalidad que se muestra incapaz de
abordar tan llamativas materias o se trata de una dificultad coyuntural
de los sujetos políticos catalanes? Debemos reconocer que no tenemos una
respuesta precisa al respecto y, por lo tanto, nos limitamos a la
visible constatación de que el vivo debate público que existe en
Catalunya sólo y solamente se refiere a aspectos cada vez más
autárquicos (y, en ocasiones, provincianos) en gran medida circunscritos
a lo estrictamente identitario que, por lo general, siempre estuvo tan
alejado, consciente o inconscientemente, de la cuestión social.
Y, sin embargo, nunca como en estos tiempos tuvo la sociedad
catalana tanta capacidad de proyectarse hacia otras latitudes, por
ejemplo en tareas de solidaridad y cooperación; y tampoco nunca hubo en
Catalunya unos movimientos transnacionales como en estos tiempos que
corren.
La Constitución europea podría ser un instrumento de resituación o, si
se prefiere, de avanzar en un camino, no sin fatiga, hacia dicha
resituación. Por la siguiente razón: el tratado europeo pone en marcha
unas reglas de funcionamiento que afectarán profundamente la
personalidad de las fuerzas políticas, de los sujetos sociales y del
conjunto de la ciudadanía.
Cierto, no es una razón suficiente, pero sí nos parece
necesaria. Aunque, de todas maneras, queremos apuntar un arriesgado
pronóstico: las expresiones políticas catalanas que tarden en ubicarse
adecuadamente en la nueva situación no encontrarán una conveniente y
estable capacidad de representación y representatividad en la
ciudadanía.
La madurez sindical
En segundo lugar, cuando nuestros compañeros sindicalistas (que fueron
los primeros en iniciar el debate público) se pronunciaron por el voto
afirmativo a la Constitución europea, tuvimos la impresión que no sólo
se trataba de un acto de coraje intelectual, sino especialmente de una
opción madurada y seria.
Se trataba de un planteamiento que servía los intereses
generales del conjunto asalariado, naturalmente. Y, a la vez, la
prontitud de tan importante decisión parecía indispensable, toda vez que
determinadas organizaciones de la izquierda política catalana (hoy con
responsabilidades de gobierno) manifestaron su decisión en sentido
contrario: una opción que nosotros respetamos, pero que no compartimos,
también desde nuestras inequívocas concepciones de izquierda; una
izquierda en la que estamos desde que nos salieron los primeros dientes.
A nosotros dos, que nos hemos curtido en la vida sindical, nos llenó de
orgullo que nuestras respectivas organizaciones hicieran un
planteamiento común que tuvo su expresión más llamativa en la Asamblea
de delgados y delegadas del día 22 de noviembre del año pasado en La
Sedeta con la presencia de nuestro viejo amigo Emilio Gabaglio,
exsecretario general de la Confederación Europea de Sindicatos.
Este acontecimiento, además, ha distinguido la personalidad del sindicalismo confederal catalán que se manifiesta unitariamente, también, en el terreno de la defensa de la Constitución europea.
Se trata de una señal que, en todo caso, establece una robusta
pedagogía al movimiento organizado de los trabajadores como quien indica
que el sindicalismo de clase y nacional no puede encerrarse en los
límites de nuestra casa catalana.
En tercer lugar, decir que en la vida sindical se están dando unas
nuevas tentativas de abordar los grandes problemas del mundo
contemporáneo.
Una prueba de ello es la decisión del reciente Congreso de la CIOSL y de
los organismos dirigentes de la CMT de culminar la fusión de ambas
organizaciones en el año 2006.
Lo que representaría la unidad sindical orgánica a nivel mundial y el reencuentro de unos sindicatos que pretenden superar antiguas divisiones que, hoy y a partir de ahora, no tienen ya el más mínimo fundamento.
De esta manera se convertirán en unos sujetos trasnacionales
capaces de abordar, con más capacidad, los grandes problemas de la
actual fase de reestructuración e innovación, de globalización e
interdependencia, de cooperación y solidaridad.
Así pues, no es exagerado afirmar que, tanto en relación con la
Constitución europea como respecto a los acuerdos de vocación unitaria
entre la CIOSL y la CMT, nos indican que nuestros sindicatos se abren
más y mejor a los grandes espacios del mundo de nuestros días.
Un nuevo Estado de bienestar
Y, en cuarto lugar, y en otro orden de cosas, también aventuramos otro
pronóstico, esta vez menos arriesgado.
Con la Constitución europea se abre un camino (que, aunque fatigoso y lento, no tiene alternativa) para que el sindicalismo europeo y las organizaciones empresariales establezcan una cierta arquitectura contractual.
Y, de la misma manera que las negociaciones colectivas fueron una conquista del Derecho del Trabajo en cada Estado-Nación, gradualmente se irán poniendo las bases de las negociaciones europeas.
Ello exigiría naturalmente que las organizaciones federativas
de la Confederación Europea de Sindicatos, de un lado, y las
organizaciones empresariales, de otra parte, se conviertan en sujetos
contractuales fuertes.
Más todavía, en la medida que los agentes sociales y económicos se
configuren como unos sujetos plenamente europeos, estarán en mejores
condiciones para diseñar un moderno y eficaz Estado de bienestar
europeo, más incluyente y con más oportunidades, con nuevos derechos,
tutelas y protecciones.
Y entendemos que el carácter plenamente europeo de los sujetos sociales les dará más capacidad para afrontar los grandes desafíos de los gigantescos cambios que se están procediendo en el trabajo desde la flexibilidad de todos los factores de producción hasta lógicamente el mismo trabajo.
De un proceso que nuestras amistades sindicales procuran controlar
para que el paradigma de la flexibilidad se convierta en oportunidades y
no en las patologías y sufrimientos que se desprenden de las
imposiciones unilaterales de su contraparte. Estamos hablando de una
flexibilidad positiva, aquella que se negocia y, en ese sentido, nos
referimos al importante pacto conseguido en SEAT en el pasado mes de
junio.
Repetimos, no será fácil. De hecho estas cosas nunca lo fueron en ningún
lugar. Pero es un camino que, insistimos, no tiene alternativa. O, si se
prefiere, nosotros no la vemos por ninguna parte.
Luis Fuertes José Luis López Bulla - http://www.lafactoriaweb.com
Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría
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