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Fractura. El modelo de economía neoliberal, potenciado y expandido por la globalización de su doctrina, fractura lo que toca. Fractura la política, fractura el tejido social, fractura las economías regionales, fractura los países, fractura el mercado y las condiciones laborales, fractura las ciudades, fractura la educación.
Lo alarmante es que cada una de estas fracturas provoca una desigualdad atroz y creciente. Sin embargo, hoy en día, muchos de los teóricos positivistas de la globalización siguen hablando del mundo con el concepto de Marshall Mc Luhan de "aldea global".
El eufemismo, como toda artimaña retórica, resulta poderoso y convincente puesto que una aldea remite a un imaginario de armonía, de justicia, de paz, de igualdad, de familia, de unidad, y sobre todo, de bienestar.
Pero basta con mirar un poquito a nuestros vecinos del Norte para
descubrir que el mundo está en las antípodas de ser una aldea, a no ser
que sea una aldea africana o latinoamericana en la que todos seguimos
siendo esclavos de los mismos jefes de siempre.
Los pregoneros del libertinaje económico se han lanzado con toda su
furia a convencer a los gobiernos sobre las virtudes de aplicar su
modelo neoliberal. Y no importa si se trata de sociedades tan disímiles
como las de Rumania, Filipinas o Bolivia; todos deben hacer lo mismo, la
receta es una sola: ajuste fiscal, privatización indiscriminada,
apertura total del mercado interno, libertad a los movimientos de
capital especulativo, reducción del Estado, pago de los intereses de la
deuda, desregulación del capital y del trabajo.
Esto lleva a que las sociedades se parezcan cada vez más, y a que los
partidos políticos no se diferencien. John Bailey, director interino del
Centro de Estudios sobre America Latina de la Universidad de Georgetown,
en Estados Unidos, afirma que "a los partidos solo les queda el rol de
legitimar frente al pueblo los paquetes de medidas que ya vienen armados
desde los mercados de capitales, y como todos los países tienen un
déficit en su capacidad de ahorro interno y necesitan atraer inversiones
para cumplir con sus metas, deben adoptar una receta ortodoxa.
La lógica capitalista global asemeja a todos los partidos políticos ni bien ganan las elecciones".
Esta realidad bien podría explicar el descreimiento que hay
hacia la clase dirigente y la falta de esperanza respecto a un cambio;
se sabe que el verdadero poder no está en el gobierno de turno.
También se asemejan los problemas, lo cual no significa que el mundo en
su conjunto padezca lo mismo.
De todas las globalizaciones posibles -porque hay muchas-, nuestros países subdesarrollados han sufrido la peor. Aquí se han globalizado más los "ejércitos de reserva", las deudas y el capital especulativo que las inversiones productivas.
La soberanía de los países se pisotea porque sus economías son
vulnerables a los flujos internacionales de dinero, verdaderos dueños
del mundo.
La tremenda injusticia que provoca la desigual distribución de la
riqueza es la consecuencia natural y previsible de este tipo de
economía, ahora llamada bajo el inofensivo nombre de "economía social de
mercado".
La búsqueda del máximo de ganancia en la menor cantidad de tiempo y en la mayor cantidad de países, la ausencia de marcos regulatorios que permitan defender la economía nacional, y la presión leonina sobre cualquier intento de independencia productiva, han favorecido la concentración obscena del capital.
Porque es hora de decirlo: nunca el mundo fue tan desigual como
ahora, nunca tantos tuvieron tan poco, ni tan pocos tuvieron tanto,
nunca el capitalismo mostró tan impunemente su verdadero rostro.
Se podría teorizar que antes de la caída de la URSS el capitalismo buscó
atenuar los efectos negativos de su práctica por el miedo que le
suscitaba una posible reacción socialista en los países periféricos.
Pero desde que el peligro rojo desapareció, el capitalismo se lanzó sin
oposición a conquistar el mundo.
Bastará con señalar que la fortuna de los 100 hombres más ricos del
planeta equivale a los ingresos que tienen mil quinientos millones de
personas para comprender que esta distribución desigual y violenta de la
riqueza lejos de ser una consecuencia no deseada del sistema es, por el
contrario, su piedra angular, su característica, su razón de ser, su
lógica, y por eso crece día a día.
En 1960 el 20 por ciento más favorecido de la humanidad era treinta
veces más rico que el 20 por ciento más pobre, pero en 1990 la
diferencia se duplicó. Incluso en Buenos Aires, que siempre fue una
ciudad orgullosa de su equidad e integración, con un desarrollo cercano
a las mayores metrópolis europeas, un reciente estudio de la consultora
Equis, elaborado sobre la última Encuesta Permanente de Hogares, reveló
que el 20 por ciento más pobre de la población recibe el 4,2 por ciento
del ingreso y el 20 por ciento más rico se alza con el 52,1 por ciento.
Y lo más alarmante es que esta brecha aumentó 140 veces entre 1974 y
1999.
Junto a esta desigualdad económica se impone una estandarización
cultural que rompe la riqueza de la diversidad y el derecho a la
autonomía en beneficio de un "consumidor tipo".
Asistimos, casi sin notarlo, a una empobrecedora homogeneización de prácticas, de costumbres, de gustos, de consumos, de estéticas, de ídolos, de productos, de ideales, de juicios, de noticias, de jerarquías, de seres humanos.
Todos los jóvenes quieren ser, más o menos, como los chicos lindos de
las series norteamericanas, a todos los hombres les gustan las mismas "Barbies
Superestar", las mujeres orientales buscan occidentalizarse
(¿accidentalizarse?), las negras quieren ser blancas, a los "indios" del
sur de América se les enseña a tener vergüenza de sus raíces, todos
quieren tener la misma marca de jeans, todos prefieren el cine de
Hollywood al local, todos los yuppies tercermundistas quieren ahorcarse
con la misma corbata Hermés, todos estamos educados para opinar lo mismo
sobre los "pueblos asesinos" de Alemania o de Japón del `40, o sobre los
"inhumanos comunistas" de la URSS que pusieron al mundo en peligro, o
sobre los "incivilizados africanos" sumergidos en matanzas étnicas, o
sobre el pueblo "narcotraficante y bandido" de Colombia, que es el único
responsable de que la juventud norteamericana sea drogadicta, o sobre
los "locos religiosos y terroristas" de Medio Oriente y el "demonio" de
Saddám Hussein, o sobre el pueblo latinoamericano, condenado
biológicamente a ser "pobre y estúpido".
El sociólogo francés Alain Touraine, reconocido intelectual de la
Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París, señala que "ya
no existe el enfrentamiento del Primer Mundo y el Tercer Mundo.
Hay una dualidad, una latinoamericanización del mundo entero. Hay
ricos y pobres en Nueva York como en San Pablo, hay un mundo de los
ricos, un mundo de los medio ricos, un mundo de los medio pobres y un
mundo de los muy pobres, que también son planetarios".
Juan G. A. parece y es un "nene bien". Vive con sus padres y sus dos
hermanas en un piso sobre la Avenida del Libertador y República de la
India, estudia Comercialización en una universidad privada en el barrio
de Belgrano y trabaja en una empresa norteamericana que está en una
torre inteligente en Puerto Madero.
Cuando se le pregunta acerca de la realidad él contesta: "Mirá, yo sé que soy un tipo privilegiado, que tengo mi auto, mi independencia económica, que puedo viajar, salir los fines de semana y gastar lo que quiera.
Yo, si quiero, podría perfectamente dejar de trabajar y
dedicarme full time a estudiar y capacitarme, pero no me quiero
desenganchar del trabajo, quiero aprender a tener exigencias, a vivir la
vida real".
Un día típico en la vida de Juan es: "Desayuno con mi "flia". ¿Qué?,
copos, leche, tostadas, un poco de jugo de naranja, después me cambio y
la llevo a mi hermana a la facu y yo sigo derecho hasta la oficina.
Almuerzo con mis compañeros, cuando tengo tiempo, en algún restaurante en Puerto Madero, y cuando salgo voy a la facultad o me voy al club. ¿Cuál?, el Jockey. Los fines de semana a veces nos vamos al campo que tenemos en Venado Tuerto o me voy a la casa de mi novia en Pilar.
Y a la noche, no sé, salgo a comer con ella o mis amigos y me
voy a bailar o voy a algún pub. Nada del otro mundo".
Juan es argentino, pero lo mismo da. Bien podría ser alemán, brasileño o
canadiense. Juan vive dentro del Tercer Mundo pero como un ciudadano del
Primero. Su vida "real" se basa en un "encadenamiento de burbujas", al
igual que la vida de muchos jóvenes latinoamericanos, a los que se les
construyen los mismos decorados que a Catalina de Rusia.
Del barrio privado o "country club" al auto polarizado con aire acondicionado, música y ventanillas bien cerradas (¿ojos bien cerrados?), a la autopista, al garaje, a la torre inteligente, a Internet, a la facultad privada y privativa, al club selecto, al restaurante, al campo, a las vacaciones-shopping en el Club Med
. Y es posible, si uno se entrena diariamente en el arte de la indiferencia y el egoísmo, hacer todo este recorrido sin mirar siquiera por la ventanilla, salvo que algún "negrito" molesto se nos tire sobre el parabrisas para limpiarlo y recordarnos que seguimos estando en la Argentina y que los pobres siguen existiendo. Ahí explota, por un ratito apenas, una burbuja.
Estos son los "ciudadanos globales" a los que hace mención Touraine y que viven en un barrio protegido, con guardias, perros, alambrados, hablan por teléfono con su celular y se comunican por Internet y hablan con sus colegas de todo el mundo.
Esta gente casi no tiene contacto con los pobres que están a tres
kilómetros de su casa y, entonces, lo que se ve allí es un
desgarramiento del tejido social.
Son muchos los jóvenes que frente a la crisis prefieren encerrarse y
mirar para otro lado, adoptar la visión mezquina del ignorante, romper
los lazos de solidaridad y sentimiento ciudadano y comunitario. Esta
postura se manifiesta cada vez más en una polarización espacial: en la
provincia de Buenos Aires, el desarrollo de los countries y barrios
privados alcanza los 200 kilómetros cuadrados, equivalente a una vez y
media la superficie de la Capital Federal. El éxito de algunos se monta
sobre la fragmentación social de la mayoría.
El escritor uruguayo Eduardo Galeano reconoce que "en el océano del
desamparo, se alzan las islas del privilegio. Son lujosos campos de
concentración donde los poderosos sólo se encuentran con poderosos y
jamás pueden olvidar, ni por un ratito, que son poderosos". Respecto a
la juventud considera:
"Ellos no viven en la ciudad donde viven, tienen prohibido ese vasto infierno que acecha su minúsculo cielo privado, crecen sin raíces, despojados de identidad cultural, y sin más sentido social que la certeza de que la realidad es un peligro.
Su patria está en las marcas de prestigio universal, que
distinguen sus ropas y todo lo que usan, y su lenguaje es el lenguaje de
los códigos electrónicos internacionales".
Juan no solo vive como sus amigos del exterior sino que también consume
y desea lo mismo que ellos. Gracias a la globalización, Juan puede tener
las mismas zapatillas, la misma música, la misma comida y las mismas
series de televisión que un yanqui.
Pero, ¿qué pasa con los millones y millones de jóvenes
latinoamericanos condenados a la desocupación o a los salarios de
hambre? Porque en América Latina los niños y los adolescentes son la
mitad de la población total y la mitad de estos jóvenes vive en la más
terrible miseria.
Galeano cree que "la publicidad manda consumir y la economía lo prohíbe;
por eso las órdenes de consumo, obligatorias para todos pero imposibles
para la mayoría, se traducen en invitaciones al delito.
Los avisos proclaman que quien no tiene, no es; quien no tiene auto, o zapatos importados, o perfumes importados, es un nadie, una basura [...] La ansiedad consumidora actúa acompañada por la injusticia social, una profesora muy eficaz en sociedades donde la opulencia ofende escandalosamente al hambre.
Este mundo del fin de siglo, que convida a todos al banquete
pero cierra la puertas en las narices de la mayoría, es al mismo tiempo
igualador y desigual".
Ricardo dejó de preocuparse cuando las preocupaciones lo agobiaron: "Ya
no me calienta nada" confiesa. Cansado de ir a buscar trabajo, de ser
rechazado o de ser explotado con sueldos de hambre que lo obligaron a
interrumpir el secundario, un día comprendió que no había futuro para él
en este mundo.
"Y te cansás loco, vas a buscar laburo y te pegan un palo, quieren que
labures todo el día por dos mangos; después querés estudiar pero no
podés... ¿Vos sabés las veces que yo empecé y tuve que dejar el colegio?
Te miran con mala cara, no hay un mango viejo. Por eso yo ya no me
caliento, yo me junto con mis amigos, chupamos un poco de birra, nos
cagamos de risa, no jodemos a nadie, ¿qué querés que haga?, ya me
pudrí".
Ricardo, si bien es joven, es un excluido, y lo peor: está resignado a
serlo. El economista Aldo Ferrer denuncia que, por primera vez en la
historia de la argentina, "el modelo no incluye, sino que fractura y
deja al margen a segmentos muy importantes de la población que vegetan
en el desempleo, la marginalidad, el trabajo en negro o el trabajo de
muy baja productividad".
La Argentina padece las peores enfermedades del sistema: desocupación,
corrupción y pobreza.
Esta realidad provoca, naturalmente, un sentimiento muy grande de angustia que trae aparejada la pérdida de expectativas y de fe hacia el futuro. Si la generación de los ´60 es recordada por su esperanza en construir un mundo nuevo y mejor, la generación de fin de siglo será recordada por su desilusión, pesimismo y falta de ideales.
Pero también están los jóvenes que la luchan día a día, los que
no se dejan vencer, los que gritan, los que hacen, y por suerte son la
mayoría.
"Yo sigo confiando en que la educación te puede hacer progresar en la
vida y por eso voy a seguir estudiando a toda costa
. Yo por suerte tengo trabajo, no es el trabajo que más me gustaría hacer porque no tiene nada que ver con mi carrera, pero cumplo. Además no me quedo quieto, estoy buscando algo mejor, me pongo en contacto con gente de mi facultad, leo los clasificados, pido el día para estudiar y me voy a tirar currículum, hago cursos.
Vos mirás los índices de desocupación y te querés morir [según el
INDEC la desocupación en octubre de 1999 trepaba al 13,8 por ciento],
pero si te bajoneás es peor. Aparte, yo no me puedo dar el lujo de estar
sin trabajo porque vivo con mi mamá y con el sueldo de ella no hacemos
nada.
Y sí, hay algunos que la tienen más fácil, mejor para ellos. Yo me
levanto a las 8, trabajo hasta las 6 de la tarde y curso en la facultad
de 19 a 23, llego a casa a la medianoche y no doy más; sería más fácil
no hacer nada, pero esa no es la solución". (Diego L., 23 años)
Diego padece la misma realidad que Ricardo, pero la diferencia está en
el espíritu.
En el idioma chino, la palabra crisis también significa oportunidad; oportunidad de demostrar y demostrarse que esta vida no es la única vida posible, que las estructuras condicionan pero no encierran, que siempre es posible luchar.
La resignación es la salida de los débiles y, sin quererlo, los
jóvenes que bajan los brazos ante las dificultades, le hacen el juego al
poder, siempre deseoso de mantener dopado y adormecido al pueblo, en
especial a la juventud, heredera e impulsora de todos los cambios.
Alejandro Ezequiel Formanchuk -http://www.lafactoriaweb.com
Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*
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