La segunda pasión

Autor: Horacio Marchand

ESPÍRITU EMPRENDEDOR

02-2005

El inquieto empresario fue muy claro “yo cuando llegue a los 55 años tengo mi plan; voy a dedicarme a hacer lo que me gusta, a lo que me da satisfacción: ayudar a la gente que tiene necesidad (campesinos), en lo referente a la educación y la salud”; ésta es su Segunda Pasión.

 Es donde quiere volver a empezar, tomar un aire nuevo y reinventarse. Todos tenemos derecho a por lo menos una Segunda Pasión porque la vida ya no es de una sola, ni del empleo de “toda la vida”, y menos del “destino profesional”. 

Estudios en el mundo lo comprueban: cada vez más gente cambia de profesión (o carrera) en su vida. La industria del career change -la industria de la segunda oportunidad- es gigantesca. 

Hay asesores, coach empresariales, trabajadores sociales que se especializan en asesorar a gente que quiere perseguir su sueño, que está harta de lo que hace o simplemente aspira a un cambio. 

En el peor de los casos, se trata de gente que sufre alguna enfermedad grave o alguna tragedia personal, y entonces decide dar un giro a su vida conectándose con su parte íntima y su esencia. 

En el mejor de los casos -como el empresario señalado al principio de la columna- es una decisión consciente tomada a una edad donde todavía hay abundante energía creadora. 


Y este movimiento se ve en las escuelas de arte, de cocina, en el profesorado, en las empresas, en labores sociales, en los talleres literarios: personas que animadamente buscan su Segunda Pasión y que quieren tener una sensación parecida a tener “dos vidas”. 

Con esto se relaciona la idea del amateur: amante, proveniente del francés. En el terreno de los hechos, es el que hace algo por amor, por gusto, por placer; que no cobra porque su paga viene de la satisfacción personal.

Si un amateur recibe dinero, la cosa cambia. Por ejemplo, en deportes esto va en contra del espíritu de las Olimpiadas: es para amateurs. Se les nota en el rostro la gloria y la gracia. 

Pero ojo, no hay que brincar a la idea predominante del amateur cuando se le enfrenta al profesional. 

Si se le dice a alguien profesional, implícitamente se subordina al amateur, como si éste último fuera un improvisado, inconsistente, que no persigue metas extraordinarias, que no tiene la disciplina. Nada puede ser más falso. 

Incluso cuando amateurs de varias disciplinas de repente se topan con que ganan dinero por su pasión, algunos se confunden, y el placer cambia. 

Pensemos en el estudiante que le gusta leer de todo, menos los libros de texto; en el escritor famoso por sus publicaciones químicas, pero que por placer escribe novelas policiacas; en la bailarina que sueña con tiempos pasados donde experimentaba y mezclaba bailables, pero que ahora tiene que someterse a lo que le demanda su director de obra teatral; en el hombre de negocios que anhela conversar con clientes, y que hoy está impedido porque su negocio creció; en el ama de casa que siempre amó a los rituales de la cocina; y que hoy rezonga porque es su deber: tiene marido y cuatro hijos. 

No siempre en la rutina laboral -lo que da de comer- es donde está el corazón. Pero sí hay suertudos y/o luchadores incansables que consiguen integrar las dos cosas. 

Hay casos donde el hobbie, el gusto por algo, acaba siendo el negocio principal. Así ocurrió con un ejecutivo que daba clases de buceo los fines de semana, y decide dejar al corporativo para montar una escuela en forma. 

Entre muchas otras cosas, Bill Gates era el amateur por excelencia. Un nerd que hacía programas a terceros con tal de que lo dejaran utilizar las computadoras de la Universidad. Puro gusto; por la aventura, por ese sentimiento geeky de descifrar algo y hacerlo un proceso operante. 

Otro: Linus Torvalds. En los largos días de Scandinavia, donde el invierno no tiene piedad, Torvalds se puso a programar lo que sería uno de los códigos más relevantes del mundo: Linux; aparte gratis y totalmente abierto. ¿Por qué lo hiciste Linus? Just for fun, como lo dice en su autobiografía. 

¿Just for fun? 

Wow. 

La segunda pasión también se relaciona con el entusiasmo del principiante, también llamada la mente Zen (otra gran industria mundial: la de la espiritualidad -no necesariamente la de la religiosidad- alternativa). Una mente Zen es percibir e interactuar como “novato” y aprendiz, para no perder la capacidad de asombro, y de gozo. 

Patch Adams, el medico famoso por utilizar la cura de la risa y el contacto con la persona, andaba sin rumbo y sólo se inscribió en un hospital psiquiátrico. Estaba deprimido, se sentía vacío, dudaba de su capacidad.

 Pasaba de los 40 años, la crisis de la mediana edad se le había adelantado o quizá no había siquiera salido de la anterior. Pasó el tiempo y fue perfilando su pasión: quería ayudar a las personas a sanar. 

Madurito, se inscribe en la Universidad a estudiar Medicina. Los alumnos lo confundían con maestro, se gradúa con sus dificultades especiales, y florece, se expande. Su entusiasmo era envidiable. 

Patch Adams estaba ensimismado en su segunda pasión. Estaba alimentado por el Dios de la novedad, por el amateurismo que surje cuando se enfrenta un reto o una disciplina no dominada, pero que se quiere con fervor. 

Todo mundo debe de explorar su segunda pasión por lo menos alguna vez en su vida. Habrá gente que no lo necesita, y habrá gente que no solamente haya explorado su Segunda Pasión, sino que lleve 3, 4, 5, 6 o más. En todo hay excesos. 

Pero en una sociedad que premia a la especialización, que reconoce el enfoque, que valora la constancia, es fácil caer en una inercia de un rumbo que ya no recordamos cómo ni cuando lo decidimos tomar. 

Todos merecemos una Segunda Pasión.

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Horacio Marchand - horacioarrobahoraciomarchand.com

MBA (Universidad de Texas en Austin, 1991), Lic. Administración de Empresas (ITESM, Campus Monterrey, 1980) 

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