Estudios en el mundo lo comprueban: cada vez más gente cambia de
profesión (o carrera) en su vida. La industria del career change -la
industria de la segunda oportunidad- es gigantesca.
Hay asesores, coach empresariales, trabajadores sociales que se
especializan en asesorar a gente que quiere perseguir su sueño, que está
harta de lo que hace o simplemente aspira a un cambio.
En el peor de los casos, se trata de gente que sufre alguna enfermedad
grave o alguna tragedia personal, y entonces decide dar un giro a su
vida conectándose con su parte íntima y su esencia.
En el mejor de los casos -como el empresario señalado al principio de la
columna- es una decisión consciente tomada a una edad donde todavía hay
abundante energía creadora.
Y este movimiento se ve en las escuelas de arte, de cocina, en el
profesorado, en las empresas, en labores sociales, en los talleres
literarios: personas que animadamente buscan su Segunda Pasión y que
quieren tener una sensación parecida a tener “dos vidas”.
Con esto se relaciona la idea del amateur: amante, proveniente del
francés. En el terreno de los hechos, es el que hace algo por amor, por
gusto, por placer; que no cobra porque su paga viene de la satisfacción
personal.
Si un amateur recibe dinero, la cosa cambia. Por ejemplo, en deportes
esto va en contra del espíritu de las Olimpiadas: es para amateurs. Se
les nota en el rostro la gloria y la gracia.
Pero ojo, no hay que brincar a la idea predominante del amateur cuando
se le enfrenta al profesional.
Si se le dice a alguien profesional, implícitamente se subordina al
amateur, como si éste último fuera un improvisado, inconsistente, que no
persigue metas extraordinarias, que no tiene la disciplina. Nada puede
ser más falso.
Incluso cuando amateurs de varias disciplinas de repente se topan con
que ganan dinero por su pasión, algunos se confunden, y el placer
cambia.
Pensemos en el estudiante que le gusta leer de todo, menos los libros de
texto; en el escritor famoso por sus publicaciones químicas, pero que
por placer escribe novelas policiacas; en la bailarina que sueña con
tiempos pasados donde experimentaba y mezclaba bailables, pero que ahora
tiene que someterse a lo que le demanda su director de obra teatral; en
el hombre de negocios que anhela conversar con clientes, y que hoy está
impedido porque su negocio creció; en el ama de casa que siempre amó a
los rituales de la cocina; y que hoy rezonga porque es su deber: tiene
marido y cuatro hijos.
No siempre en la rutina laboral -lo que da de comer- es donde está el
corazón. Pero sí hay suertudos y/o luchadores incansables que consiguen
integrar las dos cosas.
Hay casos donde el hobbie, el gusto por algo, acaba siendo el negocio
principal. Así ocurrió con un ejecutivo que daba clases de buceo los
fines de semana, y decide dejar al corporativo para montar una escuela
en forma.
Entre muchas otras cosas, Bill Gates era el amateur por excelencia. Un
nerd que hacía programas a terceros con tal de que lo dejaran utilizar
las computadoras de la Universidad. Puro gusto; por la aventura, por ese
sentimiento geeky de descifrar algo y hacerlo un proceso operante.
Otro: Linus Torvalds. En los largos días de Scandinavia, donde el
invierno no tiene piedad, Torvalds se puso a programar lo que sería uno
de los códigos más relevantes del mundo: Linux; aparte gratis y
totalmente abierto. ¿Por qué lo hiciste Linus? Just for fun, como lo
dice en su autobiografía.
¿Just for fun?
Wow.
La segunda pasión también se relaciona con el entusiasmo del
principiante, también llamada la mente Zen (otra gran industria mundial:
la de la espiritualidad -no necesariamente la de la religiosidad-
alternativa). Una mente Zen es percibir e interactuar como “novato” y
aprendiz, para no perder la capacidad de asombro, y de gozo.
Patch Adams, el medico famoso por utilizar la cura de la risa y el
contacto con la persona, andaba sin rumbo y sólo se inscribió en un
hospital psiquiátrico. Estaba deprimido, se sentía vacío, dudaba de su
capacidad.
Pasaba de los 40 años, la crisis de la mediana edad se le había
adelantado o quizá no había siquiera salido de la anterior. Pasó el
tiempo y fue perfilando su pasión: quería ayudar a las personas a
sanar.
Madurito, se inscribe en la Universidad a estudiar Medicina. Los alumnos
lo confundían con maestro, se gradúa con sus dificultades especiales, y
florece, se expande. Su entusiasmo era envidiable.
Patch Adams estaba ensimismado en su segunda pasión. Estaba alimentado
por el Dios de la novedad, por el amateurismo que surje cuando se
enfrenta un reto o una disciplina no dominada, pero que se quiere con
fervor.
Todo mundo debe de explorar su segunda pasión por lo menos alguna vez en
su vida. Habrá gente que no lo necesita, y habrá gente que no solamente
haya explorado su Segunda Pasión, sino que lleve 3, 4, 5, 6 o más. En
todo hay excesos.
Pero en una sociedad que premia a la especialización, que reconoce el
enfoque, que valora la constancia, es fácil caer en una inercia de un
rumbo que ya no recordamos cómo ni cuando lo decidimos tomar.
Todos merecemos una Segunda Pasión.
Horacio Marchand - horacioarrobahoraciomarchand.com
MBA (Universidad de Texas en Austin, 1991), Lic. Administración de Empresas (ITESM, Campus Monterrey, 1980)
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