El modelo de mercado impulsado en Argentina en la década de los 90s, encabezado por la ya abandonada caja de conversión o ley de convertibilidad, ha sido el chivo expiatorio perfecto de los “neoliberalifóbicos” al cual achacarle todos los dolores y consecuencias de la crisis gaucha.
En esta ocasión intentaremos explicarle en qué consiste esa caja de conversión, cuáles son sus ventajas y desventajas y qué factores se juntaron para provocar que la desdichada cajita terminara por tronar.
Para hacer este análisis recurrí a un estudio titulado “Opciones de
Regímenes Cambiarios para México” publicado por el Centro de Análisis y
Difusión Económica (CADE) en mayo de 1999.
Resulta increíble creer que a principios del siglo XX Argentina era
prácticamente una potencia económica mundial.
Tenía uno de los ingresos por habitante más altos del mundo (durante varios años superior al de EUA), el nivel de vida más alto de toda Iberoamérica (los mismos europeos emigraban a Argentina en busca de mejores oportunidades), el país presumía de nutrir a medio mundo con sus exportaciones de cereales, carne y otros productos agrícolas.
Sin embargo, la historia de errores de política económica amplificada con sobredosis de demagogia, populismo, corrupción e ineptitud de la clase política, llevaron al país en menos de 100 años al otro extremo.
Hoy Argentina sigue siendo potencia mundial… pero nomás de fútbol.
Década tras década Argentina se fue pauperizando como consecuencia del
populismo cerebral de sus políticos en turno.
El despilfarro de los recursos públicos con fines electoreros, las políticas estatistas, el crecimiento de una burocracia ineficiente, el proteccionismo, la corrupción política, el financiamiento del déficit público emitiendo billetitos patrocinados por un Banco Central carente de independencia, el fantasma de la inflación galopante, las devaluaciones y el bajo crecimiento, eran notas cotidianas en aquella nación.
En pocas palabras, indisciplina fiscal y monetaria fue la receta por
muchos años.
De 1975 a 1991 el país tuvo que lidiar con inflaciones anuales que nunca
fueron menores al 90% y todo por no hacer nada para evitar caer en la
mala costumbre gubernamental de gastar más allá de lo que se ingresa.
Para que se de una idea, Argentina registró tan sólo en 1989 una tasa
récord de hiperinflación del 4,929%; así que si consideraba al ex
presidente Miguel de la Madrid como el campeón de la inflación en México
(con un crecimiento acumulado de los precios durante su sexenio 82-88 de
4,030.75%), pues la verdad es que se quedó cortito.
La urgente necesidad de frenar la caída crónica del poder adquisitivo de
los argentinos y la evidente incapacidad histórica del gobierno por
detenerla, llevó a Carlos Ménem y a Domingo Cavallo a implementar a
principios de los 90s un plan de liberalización económica que devolviera
el crecimiento a la nación.
Fue así como apareció la famosa ley de convertibilidad en medio de
este modelo neoliberal que incluía una oleada de privatizaciones,
reforma y desregulación económica, apertura comercial y fomento a la
inversión, entre otros elementos.
El programa resultó ser un éxito, permitió que Argentina matara la
inflación en cuestión de unos años y el crecimiento económico volvió al
cono sur a una tasa promedio anual superior al 6% para el periodo de
1991 a 1997.
Sin embargo, en la etapa posterior al 97 regresaron los problemas
económicos con más fuerza y finalmente la situación desembocó en la
crisis política, social, económica e institucional que hoy vemos en la
Argentina.
Ahora bien, ¿En qué consistía esta ley de convertibilidad y qué factores
la orillaron al fracaso? Pues esta ley, creada en abril de 1991, fue la
aplicación al estilo ché de un régimen cambiario conocido como consejo
monetario, currency board o caja de conversión.
La principal bondad de este sistema cambiario (si se siguen las
instrucciones de manera correcta) es que permite alcanzar rápidamente la
estabilidad financiera (logra abatir la inflación, permite el descenso
paralelo de las tasas de interés y elimina el riesgo cambiario).
Esto se consigue a través de la fijación o vinculación de la paridad
entre la moneda local y una divisa de referencia o ancla, como fue el
dólar de EUA en este caso.
La ley de convertibilidad fijó inicialmente el valor del dólar en 10,000 australes. Ya en enero del 92 el peso argentino sustituyó al austral a un tipo de cambio de 10,000 australes por peso.
De esta manera se estableció el famoso uno a uno con el dólar y como
esta reglita era ley, pues ese valor solamente podría ser modificado por
el Congreso como finalmente terminó ocurriendo.
En este esquema la autoridad monetaria se compromete a mantener fijo el
tipo de cambio de conversión y se limita a emitir y poner en circulación
sólo la cantidad de pesos que esté totalmente respaldada con reservas de
la divisa de referencia (dólares)
Así cada peso está respaldado por un dólar en reservas y si se van capitales de Argentina, pues hay menos dólares y por tanto menos pesos.
La base monetaria se ajusta a estos movimientos del mercado y la
consecuencia de esto es que, con las salidas de capitales, el país se
queda con menos dinero para la misma cantidad de habitantes provocando
una recesión.
Además en el consejo monetario el Banco Central pierde el control de la
política monetaria y por lo tanto la influencia que puede ejercer a
través de ésta para suavizar los sube y bajas del ciclo económico.
Es por esto que resulta vital en este sistema ganarse la confianza
de los propios habitantes y de los inversores extranjeros en el país y
en sus expectativas futuras, para que así mantengan las entradas de
capitales y permitan que se dé el crecimiento económico vía mayores
inversiones, fuentes de trabajo y mayor productividad.
Este régimen cambiario es un buen atajo a la estabilidad monetaria para
países con eternos historiales de indisciplina fiscal y monetaria que no
han sido capaces de conseguir esa estabilidad por sus propias manos.
Es decir, si el país no puede fabricar la estabilidad en casa, el
consejo monetario permite traerla como artículo de importación. Hay que
recalcar que abatir la inflación no es sinónimo de poner fin a todos los
problemas económicos de un país, ese es sólo uno de tantos pasos.
Aquí lo importante para que las cosas funcionen en el largo plazo (como
en cualquier otro régimen cambiario ya sea libre flotación,
dolarización, tipo de cambio fijo, flotación con bandas o lo que usted
quiera) es que el sistema esté arropado con políticas económicas y
reformas estructurales que estén en línea y sean congruentes con la
estabilidad económica.
Así que de nada sirve traer un carrazo con el mejor motor del mundo
si va a poner a que lo maneje un borracho que anda hasta atrás, que no
sabe manejar y además es ciego. El resultado es totalmente previsible…
Insisto en que este esquema de convertibilidad tenía su toque argentino
porque no es en esencia un consejo monetario puro o, como dirían los
economistas, ortodoxo.
Según dice la teoría económica las características idóneas que debe tener un país para adoptar un consejo monetario son, entre otras: ser una economía pequeña y abierta, tener una estrecha relación comercial con el país ancla (EUA), estar sincronizado con el ciclo económico del país ancla, ser un país con una alta movilidad o flexibilidad del mercado laboral,
ser preferentemente vecino del país ancla o estar ubicado
geográficamente muy cerca de él para facilitar la movilidad de la mano
de obra al país ancla cuando algún choque externo se traduzca en
recesión y desempleo en el país anclado (Argentina), etc.
En fin como podrá ver la economía argentina no cumple muy bien con los
requisitos: es la tercer economía más importante de América Latina por
su tamaño, el comercio con EUA apenas representa el 10% de sus
exportaciones totales, Argentina es un país que depende más del ciclo
comercial de sus socios del MERCOSUR
(en especial de Brasil) que de la economía estadounidense, la
flexibilidad de la mano de obra es un requisito que hasta la fecha no se
ha conseguido y el desplazamiento de trabajadores al mercado de EUA
parece una broma ante la enorme distancia que existe entre ambos países
y la barrera invisible de seguridad que ha reforzado EUA luego del 11 de
septiembre y que definitivamente hace ver muy complicado en estos
momentos el concretar un acuerdo laboral de esa naturaleza.
A pesar de todos estos puntos en contra, la urgencia de Argentina por
tocar con sus manos la estabilidad monetaria desaparecida durante
décadas, pesó lo suficiente para aventarse a implantar una caja de
convertibilidad, pero eso sí, con reglas muy gauchas.
La ley de convertibilidad le otorgaba cierto margen de acción en la aplicación de la política monetaria al Banco Central de Argentina, lo cual no es posible en un consejo monetario ortodoxo donde el Banco Central de la nación anclada se vuelve prácticamente una casa de cambio.
En este caso el Banco Central no estaba obligado a mantener una relación de 1 a 1 entre la base monetaria de pesos y las reservas líquidas de dólares (contantes y sonantes).
El Banco Central podía manejar hasta un tercio de esas reservas como
deuda gubernamental denominada en dólares que le permitía en cierta
forma financiar al Estado argentino.
Posiblemente esta peculiaridad "no ortodoxa" del consejo monetario
argentino, sumado al pésimo historial en el manejo de la política
monetaria, fue lo que levantó las sospechas de los inversores respecto a
la capacidad y al compromiso de las autoridades gauchas por mantener la
convertibilidad ante golpes provenientes del exterior.
Quizá esa fue la llave de entrada a otros problemas enormes que
estaban por hacerse explícitos con el repentino derrame del efecto
tequila en 1995.
Hasta aquí llegamos en esta ocasión. Continuamos en el siguiente
artículo con la segunda parte de esta historia.
Licenciado en Administración Financiera por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey ITESM
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