Título universitario: el mejor pasaporte al desempleo

Autor: Lic. Renato Blanco 

MICROECONOMÍA 

03-2005

Ningún país puede lograr el crecimiento sostenido sin un grado significativo de inversión en recursos humanos". Gary S. Becker, premio Nobel Economía 1992 

E l artículo de hoy va dedicado a todos los colegas y amigos recién egresados de la universidad que llenan el siguiente perfil: tienen entre 22 y 24 años de edad, pasaron casi 20 años de su vida preparándose y aprendiendo dentro de las aulas, no tienen mucha experiencia laboral pero en cambio muchas ganas de aprender y están desesperados porque luego de 6 meses de búsqueda ya no saben qué hacer ni a quién acudir para conseguir un buen trabajo. 

Hoy la realidad en México es bastante amarga.

Quizá lo afirmo porque yo también formo parte de ese perfil, pero créame que más allá de lo que digan las cifras y las estadísticas de empleo y desempleo, la percepción de la mayoría es que vivimos tiempos muy difíciles.

 El virus del desempleo nos pega a todos por igual: chicos y grandes, ricos y pobres, hombres y mujeres. Es más, estoy seguro que al menos usted debe tener un conocido que hoy está desempleado. 

Hoy quiero enfocarme a un sector de la población en específico para abordar este problema, se trata de los jóvenes universitarios, chavos recientemente egresados, en proceso de titulación o titulados, quienes injustamente viven este horror de manera más dura que otros segmentos de la población.

 Definitivamente la mayor parte de las personas que integramos este sector estamos en una condición en la que afortunadamente no necesitamos con urgencia de un empleo para poder comer.

Eso es un alivio inmenso comparado con tanta gente que se ve obligada a encontrar un trabajo rápidamente para no pasar hambre, tener donde dormir o para mantener a su familia. Esa situación, sin lugar a discusión, es definitivamente la más dramática de todas. 

Sin embargo, la situación de un universitario es distinta.

 Al no poder encontrar trabajo, se ve obligado a depender económicamente de sus padres por más tiempo. Sin embargo, el efecto de este cáncer, que pega más duro mientras más se alargue, va más allá del dinero y el deterioro del nivel de vida actual, se resiente sobretodo de manera psicológica y en las expectativas futuras de vida. 

Para que se de una idea, el desempleo abierto entre los jóvenes universitarios al cuarto trimestre del 2001 (3.2% de la PEA) era casi el doble (1.8 veces) del que registran las personas que sólo tienen primaria terminada (1.7% de la PEA).

Y representa 4 veces más que el desempleo entre personas carentes de cualquier educación básica (0.8% de la PEA). 

Hoy el desempleo se ha vuelto más fuerte. Ya es inmune a los títulos universitarios y a la preparación.

 Contar con una buena educación hoy ya no es garantía de nada. No cabe duda que el título universitario se ha convertido en el mejor pasaporte al desempleo.

Le llevará casi 20 años de su vida tramitarlo así como invertir una enorme fortuna, pero el resultado es segurito: pasará horas, días y meses negros tratando de conseguir un trabajo decente. 

Es triste y frustrante revisar las bolsas de trabajo, al menos aquí en Guadalajara, y ver que el problema no es la cantidad sino la calidad del trabajo.

 A diario se solicitan auxiliares por 3 mil pesos al mes, vendedores de puerta en puerta de complementos alimenticios o cosméticos, meseros, edecanes o "masajistas", gorditos para someterlos a procesos de adelgazamiento, mensajeros, etc.

 En fin como podrá darse cuenta, necesitamos que este país tenga la capacidad de generar trabajo de calidad para la gran cantidad de gente que aspira y se prepara para obtener cosas mejores.

Se está desperdiciando una gran cantidad de jóvenes calificados que se ven obligados a tomar trabajos muy malos solamente por la necesidad de ganar dinero. 

Especialistas en el tema hablan de que será necesario que la economía mexicana genere 30 millones de puestos de trabajo formales en los próximos 20 años para poder emplear a las futuras generaciones de estudiantes que se integrarán al mercado laboral en ese lapso.

Prácticamente se ve imposible que eso pueda suceder y millones de jóvenes se verán obligados a terminar en la informalidad. 

Es increíble ver cómo un microbusero que nunca en su vida ha escuchado del Tec de Monterrey, ni de la UP, ni del ITAM, por mencionar algunas universidades, puede fácilmente ganarse al mes el doble o más que un joven que ha dedicado años de su vida a prepararse en la escuela y que sale con expectativas realizables de éxito profesional.

 El resultado es éste: cientos de jóvenes preparados ganando sueldos de 4000 pesos mensuales porque no hay más que esperar. Las expectativas de todos estos universitarios están hoy por los suelos ante un mercado laboral que no los absorbe ni los necesita.

Otros talentos de plano deciden irse a Londres a "meserear" un rato en lo que ahorran dinero para poner un negocio personal. Y es que es muy lógico preferir ganar 10 veces más como mesero en Europa que como mesero en México.

 El resultado es el mismo: gente con mucha capacidad desaprovechándola en trabajos de baja calidad. 

Parte de este gran problema se lo reparten entre las mismas universidades y el sector empresarial.

 Si hablamos de las universidades hay que apuntar las graves deficiencias en los programas de estudio que no dotan de manera integral a los alumnos de las herramientas y requerimientos que las empresas necesitan hoy en día. También resulta inútil generar millones de licenciados si el país no los requiere.

Las universidades deben analizar los requerimientos del mercado laboral de la comunidad a la que pertenecen y apostar por el crecimiento de carreras que realmente sean necesarias y demandadas en cada región. No se trata de vender carreras por venderlas.

Lo único que esto genera es una distorsión del mercado profesional donde los financieros terminan en áreas comerciales a falta de campo, los abogados no encuentran espacios donde litigar, los contadores realizan la labor de los mercadólogos, los ingenieros andan en ventas, etc. etc. 

También es vital fomentar una relación estrecha entre el sector privado y las universidades a lo largo de los planes de estudio, con la intención de que las empresas vayan adoptando nuevos elementos desde antes de que los jóvenes se gradúen.

Es urgente adaptar los horarios de clases en los semestres finales para que los alumnos puedan iniciarse en el mundo laboral antes de finalizar sus carreras. 

Me parece injusto el intento de algunas universidades como el Tec de Monterrey, universidad de la cual egresé hace poco más de un año, donde hacen todo lo posible, a través de sus horarios, por evitar que los alumnos trabajen antes de concluir sus carreras. 

Esto me parece realmente insensato en momentos como éste en que el panorama laboral se ve tan complicado y competido.

Aquí en México los recién egresados necesitamos ganar experiencia previa antes de salir a tocar puertas en el mercado laboral. Nosotros batallamos como nadie más por obtener un trabajo formal dentro de nuestro campo de estudios.

Las empresas están pidiendo experiencia de hasta 3 años a jóvenes de 23 años de edad.

Y evidentemente el alto desempleo provoca que personas con mayor edad y experiencia que un recién egresado se vean en la necesidad de aplicar por los mismos puestos a los que apuntamos los jóvenes que apenas dejamos la escuela.

El resultado es previsible y en la mayor parte de los casos las empresas prefieren quedarse con personas más experimentadas a quienes les pagarán sueldos de nivel novato. 

En el otro lado de la moneda está el sector empresarial. Un sector rígido que no comprende lo que pasa en las universidades.

La mentalidad cuadrada de muchas empresas bloquea la incorporación de cientos de jóvenes que podrían llegar a ser excelentes elementos si tan sólo recibieran la oportunidad de ser empleados.

Nadie nace con experiencia y menos un joven recién egresado, eso tienen que comprenderlo. Se requiere mayor flexibilidad de parte de las corporaciones para eficientar y acelerar los procesos de contratación de jóvenes. 

Es una total muestra de irrespeto y de escasa calidad la informalidad con que se manejan muchas empresas que presumen ser formales.

 La formalidad no consiste solamente en estar dado de alta en Hacienda y pagar impuestos, la formalidad es una manera de pensar y proceder.

Es desesperante como muchas empresas alargan los procesos de selección y se hacen del rogar hasta por más de 2 meses creando falsas expectativas en los jóvenes candidatos, para que más tarde y después de haberse negado a contestar el teléfono durante varias veces o inventando algunos pretextos que rallan en la pedantería, simplemente decidan cambiar de opinión y posponer sus contrataciones. 

En fin, hoy nos toca sufrir a los jóvenes este problema de estrechez en un mercado laboral que le queda chico al país.

Ojalá estas experiencias nos sirvan a los jóvenes para remover por completo esta mentalidad tan arraigada en los señores empresarios que hoy tanto nos afecta.

 Ojalá que el día en que nosotros estemos del otro lado del escritorio en las entrevistas de trabajo seamos más comprensivos y facilitemos la canalización de cientos de recursos humanos frescos con base en su capacidad y no en si fulanito es compadre del patrón o pariente del gerente. ¿Cuándo aprenderemos?

Lic. Renato Blanco 

Licenciado en Administración Financiera por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey ITESM

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