Por las calles sólo ve carros de lujo por todos los “freeways” que ahora son de 4 carriles y están perfectamente pavimentados.
En las calles no hay baches ni niños pobres pidiendo dinero, vendiendo chicles o limpiando parabrisas en cada semáforo de la ciudad. Al leer el periódico se entera que su país creció el año pasado en materia económica a una tasa del 5%.
Su moneda es reconocida en todas partes del mundo, su nivel de vida le da para pagar todas sus cuentas, vivir a gusto, tener una linda casa y viajar mínimo 2 semanas al año de vacaciones.
Los policías, bomberos y autoridades públicas son tan respetados como
cualquier otra profesión y ganan buenos sueldos. Además le extraña no
ver el antiguo puestito de tacos de “Don Lupe” quien ahora tiene una
tremenda taquería de 2 pisos que todos los días está repleta.
Algo parecido a este sueño, sin incluir a “Don Lupe” por supuesto, es lo
que plantea Kenneth Rogoff, director del Centro de Desarrollo
Internacional de Harvard University, en un artículo que se titula “A
Development Nightmare” publicado a principios de este año en Foreign
Policy.
El autor se pregunta que pasaría si de pronto el resto del mundo
alcanzara el mismo nivel de vida que Estados Unidos. Qué pasaría si
todos fuéramos ricos de la noche a la mañana, si la superioridad de
Estados Unidos en materia económica desapareciera.
Rogoff plantea la conclusión de ese sueño guajiro en 2 líneas: la
primera es que si todo el mundo pudiera gozar del mismo estándar de vida
que los americanos, el resultado más probable sería la destrucción del
medio ambiente y el agotamiento de los recursos no renovables.
El planeta no aguantaría mucho el “american way of life” multiplicado
por 10. El sueño de un mundo rico sería insostenible.
Y es que imagínese que en todo el mundo el ingreso per cápita de los
habitantes repentinamente fuera cercano a los 40 mil dólares al año como
en EU.
El ingreso anual del mundo, que según cálculos del FMI a tasas de
cambio de mercado se ubicará a finales de este año en 39,850,000,000,000
dólares (39.8 billones de dólares), se multiplicaría por 10 en un
parpadeo, según cálculos de Rogoff. Estaríamos hablando de casi 400
billones de dólares anuales.
Con tasas de interés tan bajas como las que gozan los estadounidenses,
imagínese a 1,300 millones de chinos dejando a un lado las bicicletas y
sacando autos del año de las agencias automotrices.
Las emisiones de CO2 se dispararían. Tan sólo hoy en día EU
contribuye con el 25% de las emisiones de CO2 del mundo, así que saque
sus cuentas.
Según el autor, el precio del barril de petróleo, que actualmente
ocasiona dolores de cabeza en los 44 dólares por barril (en niveles no
vistos en las últimas 2 décadas), podría llegar hasta los 200 dólares.
El crudo se agotaría en cuestión de unos años ante la sobre demanda
por combustible. Sin embargo, con poblaciones mejor educadas y sanas,
seguramente los desarrollos tecnológicos aportarían nuevas alternativas
de energía.
Las monedas con mayor auge en los mercados internacionales serían el
Yuan y la Rupia ante el tremendo potencial y las expectativas de los
inversionistas por depositar sus capitales en China y la India.
Entre estos 2 países se encuentra un tercio de la población mundial,
así que el atractivo de estos mercados no tendría comparación.
Por otro lado, la segunda línea de conclusión que expone Rogoff sería el
efecto que este desarrollo instantáneo tendría en la psicología del
ciudadano rico, ya sean estadounidenses, alemanes, finlandeses,
japoneses o lo que sea.
Hoy en día, según plantea el autor, el sentido de superioridad de los estadounidenses es un activo que forma parte de su riqueza económica.
Así es que un escenario de igualdad económica alrededor del mundo implicaría el riesgo de que los ciudadanos ricos perdieran parte de su capital.
El temor a un descalabro en su ego, hace que implícitamente la gente
rica no desee que el resto del mundo alcance el nivel de vida de EU,
según dice el autor.
Uno podría entonces preguntarse: si el libre comercio es una herramienta
para promover el bienestar del mundo ¿Qué sentido tiene apoyar la
globalización, el libre comercio y las políticas de mercado si al final
del camino no habrá beneficios para todos? ¿Hasta dónde están dispuestas
las naciones ricas a apoyar a las pobres si un futuro de equidad no es
un escenario sostenible? La realidad es que tendrán que pasar varias
generaciones para cerrar la brecha que separa al mundo desarrollado de
los países pobres.
No hay varita mágica para cambiar las cosas de la noche a la mañana y
el mundo no corre el riesgo de caer en ese escenario durante bastantes
generaciones.
Los gobiernos de los países ricos bien podrían duplicar sus presupuestos
de ayuda al mundo subdesarrollado sin correr ningún “riesgo de alcance
económico”.
Sin embargo, a pesar de los millones de dólares que puedan donarse,
la clave del desarrollo no está en cuántos dólares se transfieran, sino
en la capacidad de los países de fomentar condiciones internas que
generen un ambiente favorable para el desarrollo de negocios, el aumento
de la productividad y por ende el crecimiento económico.
Los ciudadanos del tercer mundo queremos combustibles baratos, mercados
abiertos a la competencia, la desaparición de monopolios que vuelven más
cara nuestra vida, igualdad legal para todos, un sistema judicial con
credibilidad que respete la propiedad privada, etc.
Sin embargo, mientras los gobiernos del tercer mundo sigan
obstaculizando y retrasando la consecución de las reformas estructurales
que mejorarían la vida de los ciudadanos, aspirar a un nivel de vida
como el de cualquier país del primer mundo sigue siendo un sueño
guajiro.
Licenciado en Administración Financiera por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey ITESM
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