Introducción Nadie discute que Marx, Durkheim y Weber son los teóricos que colocan las piedras fundamentales que jalonarán gran parte de los estudios posteriores en el campo de la ciencia social. Es más, como sostiene Portantiero, después de la “sociología clásica” poco se ha avanzado en cuanto a grandes líneas teóricas.
Pero no es solamente por la significación que sus ideas han tenido en los desarrollos teóricos ulteriores de la disciplina que se los considera clásicos sino también porque pueden ser distinguidos de los grandes pensadores de la filosofía política, económica y social moderna.
Lo que diferencia las teorías de los clásicos de las de esos pensadores, algunos de los cuales han sido denominados “padres fundadores”, es su pretensión científica.
Si las ideas de unos pueden enmarcarse en lo que se llamaría una filosofía social o ética, valiéndose en general de un fuerte componente normativo o, en otras palabras, atravesadas por el “deber ser”, las teorías de la sociología clásica se formulan como científicas, como ciencias de realidad.
Muestran una preocupación por la cuestión del objeto y método: interés por definir el objeto de la disciplina, construir conceptos rigurosos, establecer reglas metodológicas.
La sociología para Durkheim y Weber es, en tanto ciencia de la
realidad social, una “ciencia empírica”.
Puede sostenerse entonces que los trabajos de Marx, Durkheim y Weber
concurren a la conformación de una ciencia social unificada? Las
respuestas a esta pregunta pueden agruparse básicamente en dos
posiciones.
Por un lado, están quienes defienden la “unidad” de la sociología, considerando a Marx, Weber y Durkheim como los tres “clásicos” de esta disciplina científica, y tomando sus aportes como igualmente válidos para la construcción de la ciencia social.
Desde esta posición, emparentada con el eclecticismo, suele
sostenerse que las teorías de los clásicos de la sociología, así como
las de las corrientes a las que ellos dan origen, no son necesariamente
irreconciliables.
En otras perspectivas se sitúan quienes distinguen entre “sociología” y
“marxismo”, postulando la irreductibilidad de ambos enfoques.
La diferenciación o el distanciamiento del marxismo de aquello que
ha sido denominado como “sociología” se ha efectuado desde distintas
ópticas y con intenciones diversas.
Puede tomarse a Pierre Bourdieu como uno de los exponentes de la primera
posición. El autor de “Sociología y cultura” se resiste a encasillarse
en una corriente, oponiéndose a la “etiqueta clasificatoria” que ubica a
cada autor como “marxista”, “weberiano” o “durkheimiano”, y explica que
lo que él hace es recurrir a los distintos autores para pedir ayuda
momentánea. Propone superar las “falsas opciones” de la sociología (en
las que encuentra un fundamento social pero no científico) integrando
elementos de las distintas teorías.
La pretendida oposición entre los tres clásicos -afirma- enmascara
la unidad de la sociología: el antagonismo permite su propia superación.
Detrás de la diversidad de enfoques hay para Bourdieu una ciencia única.
El desafío consiste en integrar en un mismo sistema conceptual las
aportaciones teóricas que la historia o el dogmatismo han separado.
El progreso de la ciencia sólo es posible a veces “[...] con la condición de comunicar teorías opuestas, que en muchas ocasiones se han constituido unas contra otras. No se trata de realizar esas falsas síntesis eclécticas que han causado tantos estragos en la sociología.
Dicho sea de paso, la condena del eclecticismo con frecuencia ha
servido como excusa para la incultura: resulta tan fácil y cómodo
encerrarse en una tradición; desgraciadamente, el marxismo ha cumplido
muchas veces esta función de seguridad perezosa. La síntesis sólo es
posible a costa de un cuestionamiento radical que conduce al principio
del antagonismo aparente”[1].
Es desde concepciones como ésta que se habla, por ejemplo, de una
“tradición sociológica clásica” con características peculiares que la
distinguen de la sociología contemporánea (Dubet), o que se afirma, por
ejemplo, que Weber “realizó la intención marxista en algunos campos”.
Los trabajos de Jeffrey Alexander también se caracterizan por esta
intención “integracionista” cuando aplauden a la nueva “generación
joven” de la teoría sociológica por no estar comprometida con ningún
bando en la batalla teórica entre marxismo y funcionalismo, empeñándose
por “[...] cerrar la dialéctica, por brindar un ‘tercer camino’ que
aproveche lo mejor de ambos bandos”[2]; desarrollando una “teoría
sintética” que incorpore las teorías parciales en lugar de proseguir la
“guerra entre escuelas”.
Se distingue de esta posición ecléctica, como se ha dicho, la de quienes
con objetivos diversos oponen marxismo y sociología.
Cuando la diferenciación proviene del funcionalismo, suele tratarse
de enfoques que niegan el carácter científico de la teoría marxista,
excluyéndola así del ámbito de la sociología en tanto ciencia de la
realidad social.
Expresiones frecuentes en investigaciones actuales como “el debate entre
la sociología y el marxismo” o “el diálogo y la confrontación de la
sociología con las ideas marxistas” ponen en evidencia que se piensa en
entidades distintas; y en ciertos casos, que se considera al pensamiento
marxista como algo exterior a la ciencia social.
Pero la separación entre marxismo y sociología puede adquirir en otros
discursos un sentido distinto.
Cuando por ejemplo J.C. Portantiero se refiere a la sociología clásica como disciplina que nace en el siglo XIX como respuesta conservadora a una situación de crisis, con las teorías de Durkheim y Weber, no está ignorando la importancia de Marx. Por el contrario, lo está señalando como fundador de la vertiente antitética, lo está situando en contraposición a la tradición sociológica clásica que se vincula íntimamente “con los objetivos de estabilidad social de las clases dominantes”, y a la que denomina “sociología del orden o del equilibrio”.
El adversario de la sociología en su madurez (Durkheim, Weber) es el
marxismo -sostiene. La sociología surge como un intento por “[...]
oponer una nueva ciencia de la sociedad al fantasma del
socialismo...”[3].
También Laurin Frenette, desde una óptica marxista, traza líneas de
demarcación claras entre sociología y marxismo. Caracteriza a la
sociología funcionalista como “seudo-ciencia social burguesa”,
enfrentándola al marxismo que como sistema de construcción e
interpretación de los hechos sociales constituye la única alternativa
válida a aquella formulación sociológica de la ideología dominante.
Nuestra posición, y es lo que intentaremos demostrar en este trabajo
haciendo eje en las diferencias existentes entre las formas de
causalidad y las concepciones del proceso de conocimiento de cada uno de
los discursos considerados clásicos, es que no se puede - en rigor -
hablar de “LA” sociología puesto que no hay una unidad o cohesión de los
distintos sistemas teórico-metodológicos que autorice el uso de la
expresión.
En ese sentido, LA sociología en general no existe; existen en cambio
desarrollos teóricos de un valor científico cualitativamente distinto
(según haya predominio de elementos científicos o ideológicos), que se
articulan en lógicas internas unificadoras (problemáticas) distintas, y
que encuentran sus bases en general en las teorías de Marx, Durkheim o
Weber.
La tesis de la discontinuidad cualitativa entre los discursos de los
“clásicos de la sociología” conduce de inmediato a plantear la cuestión
de la especificidad de cada uno de ellos tanto en lo referido a su
problemática o sistema de preguntas y su objeto como a su forma de
causalidad y sistema de verificación.
Aquí, con el propósito de poner en evidencia la radical discontinuidad
al interior de la pretendida “sociología clásica”, nos centraremos en
analizar el modo en que cada uno de esos desarrollos teóricos relaciona
el objeto de análisis con la realidad empírica.
En otras palabras, nos proponemos delimitar el método o camino del
conocimiento y la forma de explicar lo social (explícita o implícita)
característica de los textos de Marx, Durkheim y Weber con el objeto de
ilustrar en este campo preciso la distancia insalvable que existe entre
ellos.
No se trata de una tarea menor: los modos diferenciales de explicación
causal o de determinación de los “fenómenos sociales”, lejos de ser una
cuestión meramente “técnica” o “metodológica” pone en juego concepciones
de la sociedad y la historia.
Durkheim
En primer lugar hay que observar que cuando Durkheim se propone
sistematizar las “reglas acerca de la explicación de los hechos
sociales” es evidente que las entidades que intervienen en el proceso
que se representa son necesariamente “hechos” o “fenómenos”, es decir
“acontecimientos”.
La relación es siempre una relación lineal entre dos “hechos sociales”, una relación de causa-efecto. Se trata siempre de un hecho social (efecto) explicado por otro hecho social (causa).
Esta forma de causalidad o de relación causal entre fenómenos que se
sitúan en un mismo espacio plano y homogéneo puede ser llamada
causalidad mecánica transitiva, y representarse con la fórmula a => b.
Para Durkheim la determinación de las causas (y no, por ejemplo, la de
las funciones) es el modo típico de la explicación sociológica. “[...]
La explicación sociológica consiste exclusivamente en establecer
relaciones de causalidad, trátese de vincular un fenómeno con su causa,
o por el contrario una causa con sus efectos útiles”[4].
Una vez señalados los términos de la relación puede profundizarse en el
carácter de estos términos.
Contra toda explicación psicologista, Durkheim insiste reiteradamente en el carácter social de la causa de un hecho social. Tenemos una relación entre hechos o fenómenos, bien, pero además estos hechos son siempre hechos sociales.
La regla, formulada con precisión por Durkheim, postula: “debe
buscarse la causa determinante de un hecho social entre los hechos
sociales antecedentes, y no entre los estados de la conciencia
individual”[5].
De este modo, esa negación a explicar lo social por fenómenos psíquicos,
relativos a la naturaleza humana o por factores individuales pone en
cuestión concepciones como la de Comte, según la cual el progreso que
domina la vida social depende de algo psíquico: la tendencia que impulsa
al hombre a desarrollar cada vez más su naturaleza. O también la de los
economistas que fundamentan la vida económica en el “deseo de riqueza”.
O, por qué no, los fundamentos de toda sociología de la acción (para
la cual la acción individual es fundadora del hecho social).
A la vez, el rechazo a toda explicación subjetivista basada en la
intención del actor es coherente con el principio de obligatoriedad y
exterioridad de lo social según el cual los hechos sociales presionan
desde fuera a las conciencias, sobrepasan al individuo.
Desechado el individuo -razona Durkheim- sólo queda la sociedad.
Entonces, la explicación de la vida social debe buscarse en la
naturaleza de la sociedad misma.
El origen de los fenómenos no es psicológico porque la sociedad no es la suma de individuos, sino que de la asociación resulta algo específico, una “individualidad psíquica de un nuevo género”, si se quiere.
En ésta y no en los individuos particulares hay que buscar la causa
de los hechos sociales.
Como generalmente las instituciones sociales son heredadas de
generaciones anteriores y no producidas por nosotros mismos, para
conocer sus propiedades o causas no se puede apelar a un procedimiento
mental, no se trata de “tomar conciencia”; se necesita de la observación
y experimentación.
El actor y la conciencia constituyen en el sistema de Durkheim
variables dependientes, ocupando como se ha dicho un lugar secundario,
en tanto que están determinados por hechos sociales materiales e
inmateriales.
Otra de las características de la fórmula lineal simple que representa
la relación causal en este pensamiento es la unicausalidad, que se
emparienta con el principio de determinación (necesaria y suficiente) y
con la formulación de leyes.
Las causas son siempre en Durkheim causas determinantes, oponiéndose a las consideraciones en favor de la pluralidad de las causas.
“A un mismo efecto corresponde siempre una misma causa”, es una de
sus reglas.
Puede sospecharse que, paradójicamente, esta regla más que surgir de la
“observación” de la naturaleza de las cosas se deriva de una necesidad o
requisito del estudio científico.
En efecto, el autor subraya que quien considera que un mismo consecuente no siempre es resultado de un mismo antecedente y que puede responder en ciertos casos a una causa y en otros a otra, despoja al vínculo causal de toda determinación, “[...] lo hace casi inaccesible al análisis científico; pues introduce tal complicación en el entrelazamiento de las causas y los efectos que el espíritu se pierde sin remedio en la maraña.
Si un efecto puede derivar de causas diferentes, para saber lo que lo
determina en un conjunto de circunstancias dadas sería necesario que la
experiencia se realizase en condiciones de aislamiento prácticamente
imposibles, sobre todo en sociología”[6].
Esta conexión necesaria entre dos fenómenos da la posibilidad entonces
de establecer leyes precisas. Por el contrario, esta posibilidad está
cerrada si se sostiene el principio de indeterminación, con lo cual se
nos priva de la deducción científica como forma de razonamiento.
Muchas veces -dice- se afirma que un mismo fenómeno se explica en
ciertos casos por una causa y en otros por otra porque en realidad no se
ha advertido que se está no ante un mismo fenómeno sino ante fenómenos
diferentes.
Es decir, la aparente pluralidad de causas es síntoma de una
verdadera pluralidad de efectos. Por ejemplo, las distintas causas de
suicidio se deben a que hay distintos tipos de suicidio.
Finalmente, para poder comprobar la existencia de una relación causal
entre fenómenos, el sociólogo francés apunta a un método orientado a
mostrar el vínculo interno, el denominado “método de las variaciones
concomitantes”, que se vale no sólo de la observación sino también de la
deducción y, se podría agregar, de la teoría.
El método experimental por sí sólo no permite obtener una relación de
causalidad: los resultados a que conduce deben ser necesariamente
“interpretados”.
Weber
Dilthey basa la distinción entre las ciencias físicas y las de la
cultura en la heterogeneidad del objeto y la consecuente diversidad de
procedimientos: las primeras buscan la explicación de los hechos
mientras que las segundas comprenden significados.
Weber, en cambio, entiende que la “comprensión” no es un procedimiento que ocupa en las ciencias sociales el lugar que la “explicación” tiene en las ciencias naturales (desplazando una a la otra).
Comprensión interpretativa del sentido de una acción y explicación
causal no son en las ciencias sociales alternativas excluyentes sino que
se complementan: a partir de la comprensión de significados se elaboran
hipótesis que requieren indefectiblemente de la verificación mediante el
método de la imputación causal.
Sucede que la explicación causal de lo social, al presuponer la
comprensión de los motivos de la acción, cobra ventajas respecto de la
explicación de fenómenos físico-naturales.
Lo que es propio del conocimiento sociológico, “la comprensión de la
conducta de los individuos partícipes”, está negado a las ciencias
naturales (no podemos comprender, por ejemplo, el comportamiento de las
células).
Al definir la sociología como “[...] una ciencia que pretende entender,
interpretándola, la acción social para de esa manera explicarla
causalmente en su desarrollo y efectos”[7], Weber introduce los dos
elementos: comprensión (interpretación) y explicación.
Ahora bien, como en Durkheim, la relación causal es una relación entre
elementos o componentes de la realidad (en Weber lo que se enlaza son en
general “significados”, sentidos de las acciones), pero a diferencia de
aquel, los hechos que intervienen en el advenimiento de un determinado
proceso son infinitos, operando una selección por parte del
investigador.
Un evento individual responde a una multiplicidad de causas, y nada hay en las cosas mismas -dice Weber- que nos indique cuáles hay que considerar.
La delimitación entonces está ligada al punto de vista del investigador, a las ideas de valor culturales con que éste aborda la realidad.
Son estas ideas de valor que dominan al investigador y a su época las que determinan qué pasa a ser objeto de la investigación y qué conexiones causales revisten interés y significación.
La explicación se restringe así a una serie finita de elementos,
concentrándose en ciertas relaciones abstractamente aisladas de otras
posibles.
Algunos analistas interpretan esto como una sustitución de la relación
causal típica -relación de determinación necesaria- ppor una relación de
condicionamiento, en la medida en que diversos órdenes de explicación,
asociados a la diversidad de puntos de vista, se tornan posibles.
En opinión de Rossi, “[...] Weber realiza el abandono del modelo clásico de explicación causal y el pasaje a un esquema de explicación que ya no es causal sino, antes bien, condicional.
Cuando ponen de manifiesto una serie finita de fenómenos -diversa de
acuerdo con el punto de vissta de la investigación-, de la cual depende
un cierto fenómeno considerado en su individualidad, las ciencias
histórico-sociales no establecen sus factores determinantes sino que
determinan un cierto grupo de condiciones que, junto con otras, lo
vuelven posible”[8].
Lo que resulta significativo en este análisis de la “causalidad
múltiple” de Weber es que pareciera que desde tal concepción no fuese
posible establecer una jerarquía en el conjunto de factores causales
significativos que explican lo esencial de un acontecimiento.
No habría componentes de mayor o menor eficacia en la constelación,
todos se situarían aparentemente en el mismo plano.
Cuando en los “Estudios críticos” polemiza con Eduard Meyer,
representante del antideterminismo que destaca el papel que desempeña en
la historia el “libre albedrío” (las decisiones “libres” de
personalidades concretas) y el “azar”, en realidad lo que hace al
corregirlo es delinear la metodología de explicación causal que le
servirá luego para criticar la posición contraria: la de Marx, que para
él representa el determinismo.
Por otro lado, la cuestión de la causalidad se complejiza si se tiene en
cuenta la diferencia establecida por Weber entre conocimiento histórico
y conocimiento sociológico.
El conocimiento de lo general, de las regularidades de las conexiones
causales, no es válido por sí mismo pero es esencial como medio para la
imputación causal de fenómenos individuales y por esto los historiadores
deben recurrir a este saber nomológico; es un elemento clave de los
juicios de posibilidad objetiva.
En la lectura que hace Raymond Aron de Weber esta tensión entre el
conocimiento de lo particular y el conocimiento de lo general, referida
a la relación causal, se traduce en una distinción que habría en Weber
entre “causalidad histórica” y “causalidad sociológica”.
Mientras que la primera se refiere a las circunstancias únicas que provocan un acontecimiento singular, la segunda consiste en la búsqueda de relaciones regulares entre fenómenos, de tipo probabilísticas.
Ambas formas de causalidad son solidarias: la rigurosidad del
análisis de la causalidad histórica depende de su recurso a
proposiciones generales.
Resumiendo, la causalidad en Weber asume la forma de una relación entre
hechos históricos (acontecimientos singulares), que afirma la
pluricausalidad de los fenómenos de la cultura, y que si bien un
determinado efecto es co-causado por una cantidad inagotable de
elementos, el investigador hace un “recorte” de ciertos factores en
virtud de una interpretación de valor.
Ahora bien, esta selección de algunos componentes causales desde determinado punto de vista ... ¿significa que el conocimiento de lo histórico (de las conexiones causales) es subjetivo y entonces jamás puede ser “absoluto e incondicionalmente válido”? La respuesta de Weber es no.
Si bien en la delimitación del objeto y de los elementos determinantes deciden relaciones de valor, que varían históricamente, la relación causal debe ser comprobada y demostrada mediante un proceso de pensamiento en el que participan ciertas operaciones lógicas.
Es el procedimiento de la imputación causal que Weber expone
detalladamente.
Brevemente.
El procedimiento para establecer la significación causal de un
elemento particular dentro de la totalidad de momentos que debieron
estar dispuestos de cierto modo y no de otro para que tenga lugar
determinado resultado, no es empírico: la simple observación del curso
de los acontecimientos no sirve para tal comprobación. Por el contrario,
el procedimiento contiene una serie de abstracciones.
En efecto, el proceso hipotético -que consiste en construir modelos
imaginarios preguntándose qué hubiera pasado si tal elemento causal
singular no hubiese estado presente, cuáles hubieran sido los resultados
del proceso- se funda en lo que Weber llama juicio de posibilidad
objetiva, que son esas afirmaciones sobre lo que habría sucedido en caso
de eliminación o modificación de determinadas condiciones.
La comparación entre el proceso real y el hipotéticamente construido
permite inferir el grado de significación causal del elemento modificado
(en qué medida éste ha sido “operante”), que será mayor cuanto mayor sea
la diferencia entre ambos procesos.
Hasta aquí, una de las vertientes de la abstracción: el análisis y
aislamiento conceptual de componentes, pero la imputación causal también
se vale de la generalización - explica Weber.
El juicio de posibilidad se formula en base a “reglas universales de experiencia”, reglas del acaecer que conforman el conocimiento nomológico.
Son estas reglas, en las que se incluye el elemento en cuestión, las
que dan validez a las conclusiones sobre su eficacia causal. Para Weber,
una explicación causal de un hecho concreto no representa nunca un
simple registro de lo “previamente dado”, sino que es una “formación
conceptual categorialmente constituida”.
Todo este argumento acerca de la abstracción está orientado a concluir
que “todo nuestro ‘conocimiento’ se relaciona con una realidad
categorialmente construida, y que, por lo tanto, la ‘causalidad’, por
ejemplo, es una categoría de ‘nuestro’ pensamiento”[9].
Con sus análisis de la relación entre ética protestante y capitalismo
Weber intenta refutar la explicación materialista de la historia.
Pretende superar la interpretación marxista aduciendo que el modelo
causal que él propone, por un lado, no procede en una única dirección,
sino que hace lugar a las interrelaciones entre economía, religión,
política, estratificación, etc.; y por otro lado, no lo explica todo por
el condicionamiento económico.
En pocas palabras, contra la interpretación materialista de la sociedad
y la historia, el modelo de explicación causal de Weber se proyecta
no-monista y no-unidireccional.
Recordemos en unas pocas líneas lo esencial de la explicación de Weber,
que vincula el sistema ideológico de la ética protestante no
directamente a las estructuras del sistema capitalista sino a otro
sistema de ideas: el espíritu del capitalismo.
El sistema de normas y valores que constituye el ascetismo intramundano (que incluye el calvinismo) lejos de rechazar el mundo, urge a los hombres para que trabajen en él de modo que puedan alcanzar la salvación.
Se trata de un sistema ético que valora el ser laborioso, el aprovechamiento del tiempo, el incremento de la riqueza y el éxito económico.
De este modo, el protestantismo destruye todos los obstáculos que la ética tradicional pone a la aspiración a la riqueza, que deja de situarse en el espacio de la ambición individual y se desplaza al campo de los imperativos éticos.
El afán de lucro (no en cambio el goce despreocupado de la riqueza ni el consumo de artículos de lujo) no sólo es así legalizado sino que se convierte en un precepto divino. Esta ética centrada en la valoración del trabajo incesante tiene como consecuencia imprevista la formación del espíritu necesario para la expansión capitalista.
Este espíritu -resultante de la coacción para el ahorro vía
estrangulación del consumo y de las trabas a la ambición de lucro- es un
elemento decisivo para la formación de un capital, que, según esos
mismos preceptos, debe invertirse en producir.
Podemos ver ahora en qué consiste ese doble distanciamiento que persigue
Weber: tanto del monismo causal como de la unidireccionalidad de las
relaciones.
Cuando centra su atención en el efecto del protestantismo en el
nacimiento del espíritu capitalista está observando sólo uno de los
múltiples aspectos de la cadena causal (interviene aquí un proceso de
selección determinado -como se ha visto- por el interés histórico).
El ascetismo cristiano como base religiosa es uno de los factores con
eficacia causal en este proceso histórico, no el único.
El desarrollo del sistema capitalista necesitó, además de esos ideales
religiosos importantes para la formación de una mentalidad económica, de
ciertos requisitos económicos, tales como un mercado libre con demanda
amplia y estable, tecnologías baratas, fuerza de trabajo libre y
disciplinada, técnicas de contabilidad racionales y comercialización de
la vida económica; y de requisitos no económicos: un Estado moderno con
todos sus componentes, un derecho racional, ciudades, ciencia y
tecnología moderna.
En síntesis, su concepción no es monista -desde su perspectiva-
porque no hay determinación de la sociedad por un elemento decisivo
(económico, político o religioso).
Sin embargo, más allá de estas declaraciones y en atención a la
problemática íntima, habría que preguntarse si en Weber no existe una
causa última “oculta” que está en la base tanto del espíritu del
capitalismo como de la ética protestante, tanto del desarrollo del
mercado como de la burocracia: la razón.
De hecho, en los pliegues del discurso de Weber está incrustada la
racionalización como el motor del desarrollo histórico.
Al mismo tiempo, la causalidad weberiana se pretende no unilateral
porque sugiere estudiar las influencias recíprocas entre los fenómenos
históricos, investigar la relación inversa.
Por ejemplo, “[...] cómo el ascetismo protestante fue influenciado a
su vez en su desenvolvimiento y características fundamentales por la
totalidad de las condiciones culturales y sociales, singularmente
económicas, en cuyo seno nació”[10].
“La ética protestante y el espíritu del capitalismo” (1904/1905)
concluye con la siguiente idea.
“Nuestra intención no es tampoco sustituir una concepción unilateralmente ‘materialista’ de la cultura y de la historia por una concepción contraria de unilateral causalismo espiritualista.
Materialismo y espiritualismo son concepciones igualmente posibles,
pero como trabajo preliminar; si, por el contrario, pretenden constituir
el término de la investigación, ambas son igualmente inadecuadas para
servir la verdad histórica”[11].
Si todo el argumento de “La ética...” está orientado a impugnar el punto
de vista materialista (en una clara batalla teórica contra Marx), esta
salvedad hecha al final del texto en unos pocos renglones es utilizada
por Weber para evitar que se considere a su discurso un discurso
idealista.
Partiendo de la idea de que en todo desarrollo teórico, científico o
ideológico, subyace una posición filosófica, y de que el sistema
weberiano no está exento de esto, por lo tanto presupone también una
toma de partido en filosofía, podemos replicar su afirmación con la
tesis leninista de la división del campo de la filosofía en dos grandes
bloques: materialista e idealista.
Según Althusser, con esta tesis de “Materialismo y empiriocriticismo”
Lenin “[...]tira por la borda todos los matices, todas las distinciones,
las finezas, todas las sutilezas teóricas por las cuales la filosofía
trata de pensar su ‘objeto’: no son más que sofismas, distingos,
argucias de profesores, acomodaciones, compromisos cuyo sólo objetivo es
ocultar el engranaje real del debate en el que está comprometida toda la
filosofía: la lucha de tendencia fundamental entre el materialismo y el
idealismo.
Como en política, no hay tercer camino, medias tintas, posiciones bastardas.
No hay en el fondo sino idealistas y materialistas. Todos los que no
se declaran abiertamente tales son materialistas o idealistas
‘vergonzantes’...”[12].
Marx
Desde la lectura althusseriana, uno de los grandes méritos de Marx lo
constituye el descubrimiento de una nueva forma de causalidad, de una
nueva manera de pensar la determinación de los fenómenos,
cualitativamente distinta -podríamos agregar- a la de Durkheim y Weber.
Esta nueva forma es designada por Althusser con el concepto de
causalidad estructural.
Mientras que las formas de causalidad estudiadas hasta ahora, propias de
los discursos durkheimiano y weberiano, implicaban relaciones entre
fenómenos o hechos homogéneos (uno/s causa/s y otro efecto), situados a
un mismo nivel, la nueva forma de causalidad presentada por el marxismo
hace jugar no simples
elementos de igual jerarquía sino “estructuras” y elementos de ellas.
La causalidad estructural marxista designa la eficacia de una
estructura sobre sus elementos o instancias componentes y de una
estructura dominante sobre otra subordinada.
La teoría marxista trata de explicar los fenómenos por la complejidad de
la estructura.
En el caso por ejemplo de los fenómenos económicos, hablar de
causalidad estructural significa reconocer que éstos se encuentran
determinados por la estructura (global) del modo de producción: ella
determina la estructura (regional) que corresponde al nivel económico
(la unidad de las fuerzas productivas y las relaciones de producción) y
determina a la vez los fenómenos de esta estructura (“hechos”
económicos).
Cuando Marx dice que en toda sociedad es una producción determinada y
sus relaciones la que determina a todas las otras formas de producción,
y describe esto como una “iluminación general donde están sumergidos
todos los colores” que modifica las tonalidades y el peso específico de
cualquier objeto allí presente, está designando un modo de presencia de
la estructura en sus efectos, lo que no es otra cosa que la propia
causalidad estructural o “determinación por una estructura”.
Los conceptos de “causalidad estructural”, “sobredeterminación” y
“desplazamiento de la dominancia” introducidos por Althusser en su
lectura de Marx (lectura activa que se define como “sistema de
producción”) constituyen para nosotros la clave para pensar la
complejidad de las relaciones entre las instancias del todo social en la
perspectiva marxista.
De nuevo, la historia y la sociedad no se explican por las relaciones
entre acontecimientos; es necesario remitirse, en principio, a la
estructura del modo de producción dominante en la formación social en
cuestión.
Ahora bien ¿cómo es esta estructura?, ¿cuáles son las instancias del
todo social complejo y cómo son las relaciones entre ellas?
Según se ha visto, Marx representa su concepción de la sociedad con una
figura: la metáfora del edificio.
La estructura de toda sociedad está compuesta por diferentes
“niveles” o “instancias”: uno de ellos es la base, que corresponde a la
infraestructura económica (unidad de las fuerzas productivas y las
relaciones de producción); los otros niveles o “pisos” que se erigen
sobre ella forman parte de la superestructura y son el jurídico-político
(el derecho y el Estado) y el ideológico (las diferentes regiones de la
ideología: religiosa, moral, estética, jurídica, política, filosófica,
etc.).
Esta metáfora espacial, aun siendo descriptiva, es de gran utilidad
porque distingue realidades (práctica económica, práctica política,
práctica ideológica), pero además porque distingue algo más importante
aún: su eficacia y su dialéctica, es decir, las relaciones de
determinación que existen entre ellas.
Al sugerir que los pisos de la superestructura no se sostendrían si no
descansaran sobre esa base que es la infraestructura económica, al
mostrar a la economía como la que en última instancia determina a las
demás, se está asignando a cada nivel un índice de eficacia respectivo.
A partir de esta determinación en última instancia por la economía se
pueden establecer los índices de eficacia de los niveles
político-jurídico e ideológico.
Si bien éstos se encuentran necesariamente determinados por la eficacia de la base, son determinantes a su manera: en tanto que determinados por la infraestructura.
Esto significa dos cosas: que tienen una “autonomía relativa”
respecto del nivel económico, y que ejercen una “acción de reflujo”
sobre esa base que los determina.
Sin embargo, esas relaciones de determinación entre las instancias no
son relaciones de esencia/ fenómeno.
Las determinaciones concretas de un período histórico (leyes, religión, costumbres, educación, etc.) no son en Marx la manifestación o “expresión” de una esencia interior (económica).
El edificio que representa la sociedad en el pensamiento marxista es
un todo complejo estructurado respecto de una instancia dominante.
Se habla de un todo porque no hay independencia de los distintos niveles
sino que todo se sostiene recíprocamente, pero es complejo porque entre
las distintas prácticas o instancias se establecen relaciones
jerárquicas diferentes; en otras palabras, porque cada una de ellas
ocupa un lugar diferente en el sistema de determinación.
De este modo, las diferencias son reales porque no se limitan a ser
diferencias de ámbitos de actividad sino que son diferencias de
eficacia: a la base y a la superestructura no le corresponden partes
iguales en esto.
En el todo marxista, como estructura articulada de diferentes prácticas
(económica, jurídico-política e ideológica), las prácticas o instancias
superestructurales no son la expresión o el simple reflejo de lo que
sucede en la base.
No hay -excepto para las interpretaciones mecanicistas economicistas- una práctica que sea el centro originario de las restantes.
La afirmación de Marx de que la infraestructura económica determina
en última instancia a los pisos de la superestructura, no significa que
permita explicarlos de manera inmediata.
Desde una perspectiva no mecanicista, que reconoce la primacía de las
relaciones de producción sobre las fuerzas productivas, es decir, que
pone en el centro la lucha de clases, la determinación en última
instancia por la economía significa que son las relaciones sociales que
se establecen en el seno de la producción (entre propietarios y no
propietarios) las que determinan en última instancia la naturaleza de
todas las estructuras de esa formación social: de su organización
jurídica, política, de sus distintas formas de ideología, etc.
En “El Capital” Marx explica que es la relación inmediata de los
propietarios de las condiciones de producción con los productores
directos la que permite entender la forma política de la soberanía, la
relación de dependencia, o sea, la forma específica del Estado en una
construcción social.
La categoría de última instancia es fundamental en la fórmula marxista
de la determinación económica.
Cuando, como hace Weber, se cuestiona el supuesto “monismo causal”
del materialismo histórico y se defiende un esquema “plural” en el que
no existe determinación de la sociedad por un elemento decisivo
(económico, político o religioso), se desatiende la importancia de esta
categoría.
Dice Engels:
“Según la concepción materialista de la historia, el factor determinante
en la historia es, en última instancia, la producción y la reproducción
de la vida real. Ni Marx ni yo hemos dicho más que esto.
Si luego alguien tortura esta proposición para hacerle decir que el
factor económico es el único determinante, entonces la transforma en una
frase vacía, abstracta y absurda”[13].
Es decir, la crítica weberiana no llega a combatir las premisas más
fuertes del materialismo histórico sino que se enfrenta a un adversario
débil: el mecanicismo economicista del marxismo vulgar.
Es cierto que Marx, como Durkheim, habla de determinación, pero para él
esta relación de determinación es compleja.
Si para Durkheim el suicidio depende siempre de un mismo factor (el grado de integración y regulación de las corrientes sociales), para Marx es necesario hacer análisis particulares para entender coyunturas determinadas.
Por ejemplo, las transformaciones en el modo de producción implicadas
en el paso del feudalismo al capitalismo, no provocaron los mismos
cambios políticos en Francia que en Inglaterra (mientras que en ésta la
burguesía hace una alianza con la nobleza y sigue existiendo una
monarquía, en aquella la burguesía asume el control del Estado con un
régimen republicano).
Pero volvamos a la idea de la determinación en última instancia por las
relaciones de producción.
La figura de la última instancia, a partir de la cual el materialismo histórico piensa el mecanismo de la determinación, proviene del derecho; es una imagen jurídica y significa que hay otras instancias anteriores y que aquella es precisamente la última.
Por ejemplo, si un conflicto judicial no se resuelve en las
instancias correspondientes se apela a la última instancia: la Corte
Suprema, pero no siempre es necesaria la intervención de ésta.
En el todo social marxista, esas otras instancias son los niveles de la
superestructura jurídico-política e ideológica.
Esto quiere decir que las formas políticas y jurídicas de la lucha
de clases, la práctica ideológica en sus modos teórico, religioso,
filosófico, político, estético, etc., tienen una incidencia importante
en las luchas históricas y muchas veces hasta determinan su forma “de
manera preponderante”.
La afirmación materialista de la determinación en última instancia por
la economía tiene -explica Althusser- un doble sentido: significa
descolocarse en primer lugar respecto de todas las filosofías idealistas
de la historia, y en segundo lugar respecto de la interpretación
mecanicista del determinismo.
Esta interpretación olvida que la infraestructura económica no es la única instancia dentro del todo diferenciado con eficacia sobre las demás.
Olvida que las distintas prácticas si bien están determinadas por la
práctica económica tienen una autonomía relativa respecto de ella, e
incluso la sobredeterminan.
Si las superestructuras no son el simple fenómeno de la esencia
económica es porque existen realmente y determinan a su vez
(sobredeterminan) esta base o infraestructura.
La sobredeterminación, como una de las formas básicas de la
causalidad estructural, puede definirse como el índice de eficacia de
una estructura política o ideológica sobre la estructura económica que
lo determina en última instancia.
La sobredeterminación es “el ejemplo por excelencia” de la causalidad
estructural.
Por ejemplo, en el modo de producción capitalista las relaciones de
producción capitalistas no pueden ser explicadas sin hacer alusión a las
relaciones jurídicas formales que constituyen en sujetos de derecho al
comprador y vendedor de la fuerza de trabajo (sujetos libres de
intercambiar...).
Es decir, las relaciones económicas no pueden ser pensadas haciendo abstracción de sus condiciones superestructurales. Decir esto es decir que toda la superestructura del todo social se encuentra de esta manera “implicada y presente” en las relaciones de producción (lo que no es otra cosa que la presencia de una estructura en otra estructura).
Si se basa en estos principios, entonces, una explicación causal
marxista, no es “economicista”, ni “monista” ni “unilateral” como a
veces se pretende.
La contradicción fundamental del MPC (capital-trabajo) es impensable
separada de las instancias mismas que gobierna, porque es determinante
pero a la vez determinada por esas otras instancias superestructurales
de la formación social, “sobredeterminada en su principio”.
Al hacer cualquier análisis concreto de una situación concreta
resalta el hecho de que la contradicción capital-trabajo jamás es
simple, jamás se presenta en su forma más pura de la abstracción; por el
contrario, está siempre especificada (sobredeterminada) por las formas
de la superestructura (formas del Estado, de la ideología dominante, de
los movimientos políticos, de la religión, etc.) y por la situación
histórica tanto interna como externa.
El concepto de “contradicción sobredeterminada” o de
“sobredeterminación” no es asimilado por el marxismo más burdo
(verdadero blanco de los argumentos de Weber), que se pregunta ¿a qué
queda reducido entonces -con la introducción de este concepto- el papel
determinante de la economía proclamado por el marxismo?
La naturaleza de las relaciones de producción es determinante en última
instancia, además, porque fija el grado de eficacia delegado a cada uno
de los niveles.
Althusser y Balibar hacen referencia a textos de Marx en los que se
encontraría lo que denominan una “teoría no dicha del desplazamiento de
la dominancia”.
En la estructura jerárquica de cada modo de producción hay una instancia
a la que le corresponde el rol “dominante”.
Marx decía que en la Edad Media lo que dominaba el desarrollo de la
vida social no era el modo de producción de la vida material sino la
religión (el catolicismo). Lo mismo para Roma y Atenas, donde reinaba la
política. Pero ¿por qué en última instancia la economía es
determinante?
Porque, como dice Marx, las condiciones económicas de entonces son las
que explican por qué la religión (ideología) en el modo de producción
feudal, y la política en el modo de producción esclavista desempeñan el
papel principal.
¿Cómo es que las relaciones de producción (de propiedad y de
posesión) son las que fijan el índice de eficacia de las estructuras
política e ideológica en cada modo de producción?
Las relaciones que conforman la estructura de toda producción son de dos
tipos: relaciones de propiedad (propiedad económica del objeto y medios
de trabajo) y relaciones de posesión o de apropiación real (control
intelectual del proceso de trabajo, capacidad de poner en acción los
instrumentos de producción).
En el modo de producción feudal, los siervos no siempre eran “propietarios” pero en cambio sí “poseedores” de los medios, en tanto que controlaban el proceso.
En cambio, en el modo de producción capitalista el obrero está
“separado” de los medios tanto en la “propiedad” como en la “apropiación
real”, es decir que, a diferencia del siervo, ya no “conoce” el conjunto
del proceso, ha perdido su habilidad de oficio y es incapaz de llevar a
cabo por sí solo el procedimiento.
Sucede que en el modo feudal -así como en todas las formas en que el
trabajador sigue siendo “poseedor”- se precisan razones extraeconómicas
para obligar al trabajador a efectuar el trabajo para el propietario.
En otras palabras, para que sea posible la extracción del plustrabajo es necesario que existan mecanismos muy fuertes de dominación ideológica o política que aten al siervo al señor feudal. Esto explica que la religión ocupe en la Edad Media el lugar principal.
Pero como vemos, es el modo específico de combinación de los
elementos en la estructura de la producción, o sea las formas que asumen
las relaciones de producción (de propiedad y de posesión), las que
determinan en última instancia que el nivel ideológico de la
superestructura sea dominante en este modo de producción.
En el capitalismo, donde el trabajador directo es incapaz de organizar
la producción en su totalidad (separación entre trabajo intelectual y
trabajo manual), se necesita menos de la intervención de las instancias
superestructurales (del Estado) en el espacio económico.
Para ilustrar esto podríamos decir que ni la Iglesia como
Aparato Ideológico del Estado ni el Ejército como Aparato represivo son
necesarios como presencia permanente “en la puerta” de las fábricas para
mantener la explotación capitalista.
En otras palabras, lo que se quiere decir es que es la forma específica
en que se combinan los distintos elementos de la estructura de la
producción (trabajador inmediato, objeto e instrumentos de producción y
propietario) lo que define los distintos modos de producción: determina
la estructura económica y al mismo tiempo la estructura política, la
forma específica del Estado, etc.
Resumiendo, y para terminar, se dirá que el todo social marxista como
“todo complejo estructurado a-dominante” supone una jerarquía de
instancias o niveles con diferentes posiciones y grados de eficacia,
determinados éstos en última instancia por la estructura económica.
El modo de producción es la unidad compleja formada por estas instancias, entre las cuales se establece una determinada causalidad estructural.
El materialismo histórico o ciencia de la historia es la teoría de
esta articulación; es la teoría de la unidad sobredeterminada de las las
instancias infra y superestructurales y de las posiciones que ocupan.
Finalmente, contra lo que nos ofrecen Durkheim y Weber, no hay en el
marxismo un mecanismo técnico o fórmula operativa para verificar la
validez de las explicaciones causales propuestas.
Si Durkheim presenta el método de las “variaciones concomitantes” y
Weber el de la “imputación causal”, con los juicios de posibilidad
objetiva como herramienta, la teoría y método marxistas carecen de una
“garantía” semejante. La verificación es “interna” a la teoría.
Conclusión
Las diferentes formas de explicación de la sociedad en Durkheim, Weber y
Marx remiten –según nuestro análisis- a las diferencias profundas que
mantienen estos autores en cuanto al camino o método de conocimiento.
En otras palabras, la forma en que se concibe la relación entre la realidad (o el objeto real) y el objeto del conocimiento en cada uno de ellos, o también, qué se considera como punto de partida del proceso de conocimiento, constituyen la problemática más general en que se inserta la forma de causalidad o determinación de los fenómenos sociales.
Como afirma Franco[14], Durkheim, Weber y Marx representan en la
sociología tres posiciones “epistemológicas” diferentes:
respectivamente, la posición empirista, la construcción empírica de la
sociología y la no empirista (conocimiento como producción).
La sociología de Durkheim representa la posición empirista en la medida
en que encuentra su objeto en los datos empíricamente observables.
El objeto distintivo de la sociología son para Durkheim los hechos
sociales, que, para el tratamiento científico, tienen el carácter de
“cosas” (externas, coactivas, etc.); y la explicación sociológica
consiste en relacionar hechos, según el modelo tradicional de causa/
efecto (causalidad mecánica transitiva).
La sociedad parece ser una evidencia a la cual sólo hay que pulirla
de algunas nociones falsas o precientíficas. Lo único que puede hacer el
sociólogo es aceptar los hechos ya dados, luego ordenarlos,
clasificarlos y compararlos.
La limitación de esta posición que supone al observador enfrentado a lo
“real”, está en que siempre emergen las propias relaciones ideológicas
como objeto de la ciencia. Esta impregnación provoca la ideologización
consecuente del discurso al tomar como relaciones reales a las
relaciones ideológicas.
Weber se distingue claramente de Durkheim en la medida en que el objeto
esencial no son los hechos observables y dados sino los fenómenos
típicos.
Las construcciones de la ciencia no son procesos que realmente se dan, no son idénticos a la realidad sino que son conceptos típico-ideales.
A esto se le podría denominar como construcción empírica del objeto, ya que una identidad típica o tipo ideal se construye en base a la observación de ciertos hechos y a la reducción de muchos de sus caracteres a los más regulares y frecuentes.
A través del mecanismo de comparación de fenómenos entre sí y de
reducción a las características salientes, se construye lo que Weber ha
denominado “tipo ideal”.
Este tipo va a ser luego contrastado con la realidad empírica a fin de
determinar su mayor o menor acercamiento.
Esta mediación del tipo ideal es lo que lo distingue a Weber del
empirismo radical. Sin embargo, su propia forma de construcción lo
acerca a las posiciones empiristas en la medida que se parte de la idea
que la realidad empírica, los datos empíricos, son directamente
observables a fin de compararlos y reducirlos.
Más allá de la mediación del tipo ideal, el objeto último del análisis
weberiano es, sin lugar a dudas, el objeto real del cual se podría decir
que el tipo ideal es su modelo o copia teórica. Se vuelve a encontrar
aquí la identificación del objeto real y del objeto de conocimiento,
puesto que este último es el reflejo especular del primero.
En otras palabras, la construcción de “tipos ideales” no invalida el
objetivo “empírico” de base.
La prueba es que guarda relación con el criterio de “verificación
empírica”, lo que marca una dependencia con un concepto de experiencia
desnuda y con una concepción de los hechos como esencialmente
“evidentes”, sólo cubiertos por sus formas concretas de manifestarse y
por los valores del investigador.
Por último, la teoría de Marx, es una teoría no empirista, en tanto
tiene como materia prima (punto de partida) una realidad no empírica
sino teórica.
“El Capital” no es el resultado de una observación cuidadosa de las fábricas de la Inglaterra del siglo XIX, sino que es básicamente el producto de la crítica y de la lectura sintomática de una ideología teórica precisa: la economía política clásica. Su objeto es el concepto de modo de producción capitalista, un concepto abstracto, un objeto teórico “inexistente”.
No tiene una construcción empírica sino una construcción teórica a través de Hegel y de Ricardo y del socialismo utópico francés. Según las palabras del propio Marx en la Introducción del 57, su punto de partida es una materia prima ya elaborada: “intuiciones” y “representaciones”.
Esto significa que el trabajo teórico no se aplica sin más a la
“realidad”, a la “materia”, sino a una “figura” de ésta, o mejor, a una
representación.
Ahora bien, tales figuras o representaciones surgen en un espacio
atravesado por relaciones de producción y de clase y por la división
entre campo manual e intelectual.
En definitiva, la materia prima del conocimiento científico es una representación articulada a determinadas relaciones de producción y a determinada configuración del campo intelectual.
Es, por tanto, representación ideológica.
Como la ideología refleja lo que la estructura permite ver, la
abstracción teórica como método construye el sistema a través del cual
se pueden ver los hechos que la ideología impide ver.
Así, por ejemplo, Ricardo “ve” la renta, el beneficio y el salario. Esa es la realidad “empírica”.
Está a la vista y Ricardo sistematiza, generaliza. Marx lee este
texto buscando el soporte más simple, más abstracto que dé cuenta de
esta realidad “empírica”, y lo encuentra en el concepto de “plusvalía”.
La renta, la ganancia, el salario, el interés son las formas concretas
de realización de la plusvalía. El concepto “teórico” de plusvalía (que
no se “ve”) es la “generalización” que explica la renta, el interés, la
ganancia, el salario.
En este sentido es que puede decirse que las ideas generales sostienen a
las ideas fenoménicas o particulares, las explican: lo abstracto explica
lo concreto (que sólo es concreto porque es “síntesis de múltiples
determinaciones”).
Bien. La teoría marxista se diferencia de las construcciones de Weber y
Durkheim porque marca una diferencia entre realidad y conocimiento de la
realidad. Y es una diferencia no empirista en la medida en que ambos
órdenes (el orden de lo real y el orden del conocimiento), guardan entre
sí una relativa independencia y si bien el orden del conocimiento está
determinado por el orden de lo real, entre ambos se establece un
paralelismo pero jamás una interposición.
Si bien se ha insistido en que el concepto de modo de producción es el
objeto del materialismo histórico, es necesario entender que este
concepto, inexistente en el orden real en su pureza, está realizado en
las formaciones sociales concretas que son el resultado de una
combinación compleja de modos.
Por lo tanto, el objeto o mejor dicho el fin último, lo que se intente explicar en última instancia, son las formaciones sociales concretas e históricas en donde se realizan estos conceptos teóricos abstractos.
Una formación social concreta no es otra cosa que la Inglaterra del
siglo XIX o la Argentina del siglo XX. Pero estos “concretos” -como
recuerda Marx en la Introducción- no son nunca el punto de partida sino
el resultado del análisis, en tanto son síntesis de múltiples
determinaciones abstractas[15].
Los hechos sociales concretos, las instituciones efectivas, etc., son el
resultado de la doble articulación del concepto de modos de producción y
el de formaciones sociales concretas y en el materialismo histórico
ocupan su lugar en el análisis concreto de una situación concreta, o
análisis de coyuntura o del “momento actual”.
En esta teoría el conocimiento de estos hechos (entre otros el
comportamiento del individuo) está al final del camino y es un producto
teórico, no empírico.
Por último, hay que decir que, desde esta lectura de Marx, es imposible
la utilización del concepto de “verificación empírica” o “por la
práctica” puesto que la práctica o empiria sólo verifica a la ideología
que es la sustancia común de los hechos sociales. La idea de que las
generalidades puedan ser confrontadas con particularidades (la realidad
única y no generalizada) a fin de verificar su grado de verdad, es una
ilusión.
Y esto es porque uno nunca se encuentra con particularidades sino siempre ya con productos lingüísticos, culturales o sociales, o sea, con generalidades.
El contraste de estas generalidades “reales” frente a las teóricas se realiza, entonces, no para verificar estas últimas sino para garantizarlas, en la misma forma que un contrato jurídico se garantiza con otra firma adicional.
Sin embargo, puede decirse que el mecanismo de verificación de los conceptos del discurso científico existe.
No es una verificación “por la práctica” sino una verificación interna al proceso de conocimiento y que consiste (al igual que en las Matemáticas, por ejemplo) en desarrollar los conceptos más concretos o particulares (los conocimientos concretos) en relaciones sistemáticas con los conceptos más abstractos de la teoría.
No es otra cosa la relación del concepto de “imperialismo” con el
concepto de plusvalía, valor y modo de producción en el cuerpo teórico
del marxismo.
En síntesis, conocer -en esta perspectiva- consiste fundamentalmente en
reubicar los datos empíricos dentro del dispositivo teórico abstracto
reordenándolos y por lo tanto resignificándolos para que su función
consista en conocer y no en reproducir, para que su efecto sea de
conocimiento y no de garantía.