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"El Nuevo Pobre contrasta con el Siempre Pobre, porque este último
–excluyendo a los de pobreza extrema-, generacionalmente se han
acostumbrado a las carencias, y típicamente no tienen “la gasolina” para
formar un movimiento social que empuje el cambio en un país, y de ahí la
inercia de que somos un país de pobres, y ni modo. "
Suena paradójico pero esta masa poblacional es relativamente feliz y
está relativamente en paz. Para lidiar con la falta de dinero establece
rituales, desarrolla hábitos y costumbres que le permiten sobrellevar su
condición como el vivir juntos varias familias, prestarse dinero entre
ellos cuando ocurre una tragedia, ayudarse a construir el hogar, etc.
Hace más de una década un suizo radicado en Lausana, comentaba con un
estudiante mexicano, que México era imposible de cambiar, que su gente
aguantaba todo, que era un pueblo-víctima; que no tenía la fuerza para
reclamar un gobierno justo y que por siempre estaría dominado por la
incompetencia, la avaricia de los políticos y las alianzas entre
gobiernos corruptos y una iniciativa privada amafiada.
Felizmente el suizo se equivocó, por lo menos en que el PRI perdió el
poder; pero, nótese, fueron los Nuevos Pobres y su círculo de
influencia, los que estuvieron detrás del movimiento.
El Nuevo Pobre es el que ya había creado una expectativa de vida
pudiente: la actividad aspiracional es la materia prima del mercadólogo.
El progreso que impacta en el psiquis de una familia que avanza en la
escala socioeconómica, puede convertirse en gran decepción cuando esto
se le arrebata por variables incluso fuera de su control.
La devaluación del 94, afectó a millones de mexicanos que habían
avanzado en el sexenio de Carlos Salinas.
Recordemos que Salinas (sin entrarle al tema de las acusaciones para no
desviarse del tema), fue un líder que convenció a México y al mundo como
líder modelo de país en desarrollo. Hasta la revista Times le dedicó una
portada.
Hablar de una devaluación en el sexenio de Salinas era insospechado, y
no ocurrió; pero inmediatamente que pasó el poder al nuevo gobierno, la
megadevaluación agarró hasta los expertos de Wall Street con los
pantalones abajo.
Los mexicanos quedamos mudos.
El respiro de progreso, la apertura económica, la expansión exportadora,
la confianza generalizada, había animado a la población económicamente
activa a pedir préstamos bancarios que se otorgaron de manera expedita.
México tocó por un momento la riqueza personal, real, en expectativas o
con créditos.
La devaluación de la moneda -bendición para exportadores- en el '94 fue
una maldición para la mayoría de los mexicanos.
Las tasas de interés bancarias por préstamos crecieron "n" veces. Era
más negocio no hacer nada y tener dinero ganando intereses que trabajar
o montar una empresa.
La nueva clase media fue masacrada. Se perdieron automóviles, sueños,
esperanza, casas, anhelos y hoy, en el 2002, México sigue sin
recuperarse y muchos siguen pagando sus deudas.
A un funcionario bancario le acaban de anunciar hace dos meses, que le
iban a reducir su sueldo porque "a lo chino" el banco le iba a empezar a
descontar parte del crédito hipotecario del ´92 que todavía sigue vivo.
Un microempresario, de aquellos que creen en el honor, dejó de ser clase
B, y se convirtió en D, porque se ha dedicado a pagar su deuda que
estima acabará en el 2010.
Hace unos años, un mediano empresario mexicano que negociaba con el
banco la forma de pago, vivía escondido por temor a que lo metieran a la
cárcel. Paranoia.
La crisis enfrentó a mexicano contra mexicano, a proveedores contra
clientes, a deudores contra acreedores, a familias entre ellas y se
convirtió en un sálvese quién pueda.
El mexicano de hoy está inconforme. Se extraña la esperanza de otra
forma de vida que la crisis del 94-95 enterró. Por eso ganó Vicente Fox,
porque el sistema quedó desacreditado de forma fatal y el Nuevo Pobre y
su red, dieron el golpe mortal en las urnas.
La devastación y la generación de Nuevos Pobres se convirtió en energía
de cambio. Se puede argumentar el determinismo histórico, pero el
catalizador, lo que colmó el plato, fue de la masa que tuvo y que
perdió; del que fue y dejó de ser, del que aspiraba y se desinfló, del
que progresó y se regresó.
Ahí está el desastre de Argentina. El París de América, el modelo de
riqueza de los setentas, los instruidos del cono sur, los de la
Recoleta, está en crisis.
En Argentina se cansaron los Nuevos Pobres y son los de la intolerancia;
los que se convirtieron en vándalos novatos y temporales y se ponen a
tumbar a uno, dos, tres, o cuatro presidentes en semanas.
Aspiran a lo que se tuvo, a lo que se experimentó, a lo que les contaron
sus padres y abuelos: ¡No queremos ser pobres!
En el corazón del Nuevo Pobre emerge el comportamiento del consumidor y
para el caso del humano. En su búsqueda eterna por la felicidad, en la
conducta aspiracional, la riqueza se interpreta como un medio de
autorealización.
Nadie quiere ser pobre, pero quizás sea peor ser nuevo pobre. Es
preocupante que no haya nuevos ricos en México, pero es peor ignorar al
nuevo pobre.
MBA (Universidad de Texas en Austin, 1991), Lic. Administración de Empresas (ITESM, Campus Monterrey, 1980)
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