Nietzsche y la productividad

Autor: Horacio Marchand

PENSAMIENTO ECONÓMICO

02 / 2005  

Esta columna no está ligera. La lectura de hoy requiere de más concentración. Y tengo la impresión de que la encontrarás interesante, o al otro extremo, irrelevante y aburrida.  Requiere de concentración porque intenta aplicar una de las ideas de Nietzsche al contexto actual de personas comunes y de las que manejan las grandes empresas, a los destinos de grupos, organizaciones, y países. 

Y sé que me arriesgo al referirme a Friederich Nietzsche porque para muchos sigue siendo uno de los filósofos más audaces e incomprensibles del mundo, además de que -como él mismo lo decía- escribió para las generaciones del futuro y quién sabe si se refería a la actual. 

Un líder se asocia con visión, determinación, inspiración, rumbo, acción. Pero casi inevitablemente habrá momentos donde el líder enfrente una batalla interna, crisis personal o duda existencial, y su energía se diluya y se desvanezca. 

Si esto ocurre, entonces la pregunta es: ¿Qué pasa con el país que manejan, con la empresa que operan y con la gente que depende de ellos? 

Hay infinidad de razones para las crisis personales, pero la mayoría de ellas -según Nietzsche- tienen una explicación común. 

Afirmaba que la persona enfrenta una división entre la sobreabundancia de vida y el hambre de vida. En otras palabras, la persona tiene el reto de desarrollar la inextinguible fuerza de la generación y creatividad dentro de sí misma, al mismo tiempo que depende de la necesidad de obtener algo poderoso fuera de sí misma. 

Vivimos atorados entre tener una vida sin precedente (la de generación) o una vida con precendente (la de la escasez); entre ser la excepción o ser la regla; entre ser original o ser copia. 


Nuestras acciones y decisiones, pueden provenir de la parte fuerte y la potencia creativa -que quiere manifestarse- o pueden venir de la parte ansiosa y débil -que quiere a toda costa la aceptación convencional-. 

Y respecto a este último punto, para satisfacer nuestros propósitos como individuos tenemos que movernos en el mundo de los convencionalismos sociales y formas aprobadas de interacción. Si rompemos demasiado con esto, corremos el riesgo de aislarnos, de ser vistos como bichos raros, y terminar excluidos. 

Este sistema de fronteras nos mantiene a casi todos en la normal estadística de una curva de distribución. 

De ahí el borreguismo, las modas, las tendencias, el querer imitar a otros, copiar formas aprobadas de ser, el deseo por afiliarse y pertenecer. Y de ahí también que los originales, insensatos e irreverentes sean tan pocos, y usualmente terminen excluidos y olvidados; o acaben cambiando al mundo. 

En la dimesión de la sobreabundancia de vida según Nietzsche está la energía generativa, exuberante, y experimentadora. Es la fuerza que nos mantiene en la vida independientemente de los por qués y los cómos. Es la parte que no duda de su capacidad de auto-renovación, que tiene pocos remordimientos, que no teme al futuro y no se inhibe ante la conciencia de la historia. 

En la dimensión del hambre de vida, está nuestra necesidad de obtener el poder externo para guiarnos y que nos diga cómo comportarnos para satisfacer nuestras necesidades. Esto también se refleja en cierta negación de nuestra propia experiencia al subordinarla frente a lo que otros esperan que nosotros experimentemos. 

Si el hambre de vida rebasa a la sobreabundancia, como ocurre frecuentemente, nuestra energía natural tiende a inhibirse. Podemos convertirnos en pesimistas, sentirnos abrumados por el conflicto de fuerzas, culpar a todo de nuestra situación, y ser incapaces de asumir responsabilidad sobre nuestros pensamientos, sentimientos, actos y consecuencias. 

Además aparecen los síntomas y los padecimientos emocionales como una expresión ahogada de nuestra esencia, que lucha por florecer y ser atendida. 

Bueno, regresando al planeta tierra: aparentemente lo que Nietzsche propone es que el hambre de vida no acabe comiéndose al potencial creativo de la sobreabundancia de vida. 

Cuando la persona se deja llevar por la gran maquinaria capitalista y se deja programar para ser un insumo en un gran mundo de producción, puede acabar por perderse a sí misma fusionándose con el sistema. 

Nuestra esencia tiene que ser atendida. Y vaya que nos lo recuerda con frecuencia; a veces de manera constante y sutil (mini-crisis), otras de manera esporádica y explosiva (macro-crisis). Nos reclama una vida diferente, o por lo menos, una intención diferente. 

La primera gran crisis es casi inmanejable, como si estuviéramos lisiados para manejar un bombardeo de emociones que no podemos interpretar. Una persona sin crisis es extraordinaria o de plano no las reconoce, y a eso se le llama represión. 

Nietzsche, hizo lo suyo: renunció a su trabajo como profesor en la Universidad de Basel, sus palabras: “me vi abrumado por la impaciencia. Realicé que era tiempo de recordar y reflexionar sobre mí mismo.

 De golpe vi con claridad todo el tiempo que había desperdiciado... diez años en los que el alimento de mi espíritu se había detenido”. Y agrega “...me dejé atrapar en mi ignorancia y mi juventud por una inercia y un sentido de obligación...”. 

Y a partir de ahí Nietzsche emprende su obra más importante y quedó para la posteridad. Cabe agregar que murió joven, sólo y según dicen, algo loco. Si fue feliz nadie lo sabe. Pero este es otro tema. 

Para una vida acelerada, tensa, estresante, complicada, aparte de los métodos tradicionales de esparcimiento como el juego, los deportes, el ejercicio, la religión; o el alcohol, las drogas, o los vicios autodestructivos, ¿por qué no intentar a la filosofía? 
Como dice un eslogan que anda por ahí: menos prozac, más filosofía.
 

 

Horacio Marchand

MBA (Universidad de Texas en Austin, 1991), Lic. Administración de Empresas (ITESM, Campus Monterrey, 1980) 

horacioarrobahoraciomarchand.com   www.horaciomarchand.com   

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