Y sé que me arriesgo al referirme a Friederich Nietzsche porque para
muchos sigue siendo uno de los filósofos más audaces e incomprensibles
del mundo, además de que -como él mismo lo decía- escribió para las
generaciones del futuro y quién sabe si se refería a la actual.
Un líder se asocia con visión, determinación, inspiración, rumbo,
acción. Pero casi inevitablemente habrá momentos donde el líder enfrente
una batalla interna, crisis personal o duda existencial, y su energía se
diluya y se desvanezca.
Si esto ocurre, entonces la pregunta es: ¿Qué pasa con el país que
manejan, con la empresa que operan y con la gente que depende de ellos?
Hay infinidad de razones para las crisis personales, pero la mayoría de
ellas -según Nietzsche- tienen una explicación común.
Afirmaba que la persona enfrenta una división entre la sobreabundancia
de vida y el hambre de vida. En otras palabras, la persona tiene el reto
de desarrollar la inextinguible fuerza de la generación y creatividad
dentro de sí misma, al mismo tiempo que depende de la necesidad de
obtener algo poderoso fuera de sí misma.
Vivimos atorados entre tener una vida sin precedente (la de generación)
o una vida con precendente (la de la escasez); entre ser la excepción o
ser la regla; entre ser original o ser copia.
Nuestras acciones y decisiones, pueden provenir de la parte fuerte y la
potencia creativa -que quiere manifestarse- o pueden venir de la parte
ansiosa y débil -que quiere a toda costa la aceptación convencional-.
Y respecto a este último punto, para satisfacer nuestros propósitos como
individuos tenemos que movernos en el mundo de los convencionalismos
sociales y formas aprobadas de interacción. Si rompemos demasiado con
esto, corremos el riesgo de aislarnos, de ser vistos como bichos raros,
y terminar excluidos.
Este sistema de fronteras nos mantiene a casi todos en la normal
estadística de una curva de distribución.
De ahí el borreguismo, las modas, las tendencias, el querer imitar a
otros, copiar formas aprobadas de ser, el deseo por afiliarse y
pertenecer. Y de ahí también que los originales, insensatos e
irreverentes sean tan pocos, y usualmente terminen excluidos y
olvidados; o acaben cambiando al mundo.
En la dimesión de la sobreabundancia de vida según Nietzsche está la
energía generativa, exuberante, y experimentadora. Es la fuerza que nos
mantiene en la vida independientemente de los por qués y los cómos. Es
la parte que no duda de su capacidad de auto-renovación, que tiene pocos
remordimientos, que no teme al futuro y no se inhibe ante la conciencia
de la historia.
En la dimensión del hambre de vida, está nuestra necesidad de obtener el
poder externo para guiarnos y que nos diga cómo comportarnos para
satisfacer nuestras necesidades. Esto también se refleja en cierta
negación de nuestra propia experiencia al subordinarla frente a lo que
otros esperan que nosotros experimentemos.
Si el hambre de vida rebasa a la sobreabundancia, como ocurre
frecuentemente, nuestra energía natural tiende a inhibirse. Podemos
convertirnos en pesimistas, sentirnos abrumados por el conflicto de
fuerzas, culpar a todo de nuestra situación, y ser incapaces de asumir
responsabilidad sobre nuestros pensamientos, sentimientos, actos y
consecuencias.
Además aparecen los síntomas y los padecimientos emocionales como una
expresión ahogada de nuestra esencia, que lucha por florecer y ser
atendida.
Bueno, regresando al planeta tierra: aparentemente lo que Nietzsche
propone es que el hambre de vida no acabe comiéndose al potencial
creativo de la sobreabundancia de vida.
Cuando la persona se deja llevar por la gran maquinaria capitalista y se
deja programar para ser un insumo en un gran mundo de producción, puede
acabar por perderse a sí misma fusionándose con el sistema.
Nuestra esencia tiene que ser atendida. Y vaya que nos lo recuerda con
frecuencia; a veces de manera constante y sutil (mini-crisis), otras de
manera esporádica y explosiva (macro-crisis). Nos reclama una vida
diferente, o por lo menos, una intención diferente.
La primera gran crisis es casi inmanejable, como si estuviéramos
lisiados para manejar un bombardeo de emociones que no podemos
interpretar. Una persona sin crisis es extraordinaria o de plano no las
reconoce, y a eso se le llama represión.
Nietzsche, hizo lo suyo: renunció a su trabajo como profesor en la
Universidad de Basel, sus palabras: “me vi abrumado por la impaciencia.
Realicé que era tiempo de recordar y reflexionar sobre mí mismo.
De golpe vi con claridad todo el tiempo que había desperdiciado...
diez años en los que el alimento de mi espíritu se había detenido”. Y
agrega “...me dejé atrapar en mi ignorancia y mi juventud por una
inercia y un sentido de obligación...”.
Y a partir de ahí Nietzsche emprende su obra más importante y quedó para
la posteridad. Cabe agregar que murió joven, sólo y según dicen, algo
loco. Si fue feliz nadie lo sabe. Pero este es otro tema.
Para una vida acelerada, tensa, estresante, complicada, aparte de los
métodos tradicionales de esparcimiento como el juego, los deportes, el
ejercicio, la religión; o el alcohol, las drogas, o los vicios
autodestructivos, ¿por qué no intentar a la filosofía?
Como dice un eslogan que anda por ahí: menos prozac, más filosofía.
MBA (Universidad de Texas en Austin, 1991), Lic. Administración de Empresas (ITESM, Campus Monterrey, 1980)
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