Los índices de depresión crecen por casi todo el mundo. Hay países
que tienen estadísticas detalladas del fenómeno y se conoce el problema
abiertamente, pero hay otros en donde la depresión está encerrada en el
clóset, ignorada, escondida.
Una analogía sería el Viagra. En un principio cuando se lanzó al
mercado, se subestimó la demanda porque a la luz del nuevo medicamento
aparecieron otros hombres - que no encajaban con el perfil típico- en
busca de solución; sufrían en silencio, como en la depresión.
La cultura latinoamericana inhibe el que alguien admita que la padezca
por el temor de aparecer débil. Y parece que a los japoneses les pasa
algo parecido.
Una cultura tan estoica como la japonesa, lidia con los prejuicios
alrededor de los padecimientos mentales. Los que se animan a combatir de
frente la depresión y atenderse, son verdaderos pioneros.
Por el contrario, hablar de este problema en Estados Unidos es común.
Como el tema es más abierto que México y Japón, es más fácil de
diagnosticar y de medir: uno de cada ocho americanos padece de depresión
por lo menos alguna vez en su vida (en nuestro país las estimaciones
andan -según la fuente- entre el 10% y el 20% de la población).
La reverencia a las instituciones y al establishment -que empieza a
cambiar con los jóvenes- invita al auto sacrificio. Basta relacionarlo
con las palabras kamikaze -donde el piloto estrella su avión con él
abordo- y el harakiri, técnica de suicidio utilizada por los samuráis
para evitar la vergüenza de una derrota o mala conducta.
Esta actitud hacia la depresión pudiera dar la impresión de que la
población se está haciendo un harakiri en forma masiva, antes que verse
atrapada en la mala reputación de "no estar bien de la cabeza".
Este tema cultural japonés pudiera recordar las tesis de Santiago
Ramírez y Octavio Paz, donde el mexicano tiende a ser un sujeto "macho,
que no se raja", y que demuestra ciertas conductas pasivo agresivas
contra otros y hacia él mismo. ¿Depresión, yo?
¡Qué te pasa, guey!
Las empresas empiezan apenas a explorar el costo tan grande de ignorar
la faceta humana de la persona, y de verla tan sólo como un insumo más
de producción.
La compañía Sony, por ejemplo, se vio afectada por las incidencias de
suicidios y depresión entre sus ingenieros y directores. Hace tres años,
la compañía empezó un programa preventivo de salud mental para 18 mil
empleados, ofreciendo consultas confidenciales. Los resultados han sido
bastante favorables.
Como todos los problemas, el primer paso es reconocer que existe. Hay
represión, ignorancia, falta de sensibilidad, valores encontrados, y
secrecía.
Un ejecutivo mexicano que trabaja en un corporativo estaba apanicado de
que la compañía supiera que estaba tomando medicamentos antidepresivos,
y peor aún, ni siquiera su esposa e hijos lo sabían. Como si se tuviera
la peste o algo peor.
Hay diversos métodos para curar una depresión, entre otros: religión,
ejercicio, acupuntura, homeopatía, dieta, etcétera; hasta barridas y hay
quién pueda llegar a los exorcismos. Y aquí, cada quién. Según la
persona y su formación, será más propensa a utilizar un método u otro.
La cosa es que le funcione.
El ISO 9000 y todas sus variantes hablan de certificar a empresas; ¿pero
quién certifica a las personas?
La competitividad de un país y de las empresas, empieza con la
competitividad personal.
MBA (Universidad de Texas en Austin, 1991), Lic. Administración de Empresas (ITESM, Campus Monterrey, 1980)
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