La certeza de estos modelos económicos es limitada ya que dependen de una serie de supuestos que cortan la realidad o se salen de ella, la distorsionan y algunas veces dejan de lado o son incapaces de medir el impacto de factores sorpresivos o inesperados como pueden ser atentados terroristas, crisis económicas, devaluaciones, golpes de estado, guerras, avances tecnológicos, etc.
La misma globalización de los sistemas financieros complica la efectividad de estos modelos de proyecciones económicas que se quedan cortos ante la infinidad de acontecimientos que hoy en día pueden contagiar a una economía a pesar de que los hechos se den al otro lado del mundo.
Por este motivo dicen por ahí que los economistas pasan el 50% de su
tiempo pronosticando el futuro y el otro 50 tratando de explicar por qué
les fallaron sus cálculos.
Sale al tema la opinión del profesor John Kenneth Galbraith, economista
canadiense contemporáneo, quien decía que "su máxima ventaja (de los
futurólogos económicos) es que todas las predicciones, acertadas o
inexactas, se olvidan con rapidez.
Hay demasiadas, y si pasa un lapso de tiempo razonable no sólo se habrá perdido la memoria de lo dicho, sino que habrá desaparecido también un apreciable número de quienes las formularon o escucharon".
Este interesante autor apunta que "en un mundo de incertidumbre, el
monopolio de la certeza sería altamente rentable" y que "en realidad, el
sistema económico moderno sobrevive, no por la excelente labor de los
que pronostican su futuro, sino gracias a su inquebrantable tendencia al
error".
Estos comentarios que datan por ahí de 1989 se ajustan perfectamente a
la situación por la que hemos pasado en los últimos meses.
El grado de incertidumbre sin precedentes, que hoy tenemos enfrente gracias a Bin Laden, está ocasionando que se den a gran velocidad correcciones y revisiones a la baja en las previsiones de las variables económicas en todos los rincones del mundo.
El atrevimiento a presentar cifras tan aventuradas y carentes de fundamentos como para medir su exactitud en momentos como éste, ha llevado al gobernador del Banco de México, Guillermo Ortiz, a declarar que en el mejor de los casos estas proyecciones económicas parecen más bien adivinanzas educadas.
Incluso, Horst Köhler, director general del FMI, tiene una visión
muy similar a la del gobernador Ortiz en estos tiempos de incertidumbre,
al comparar el ejercicio de los pronósticos económicos con actividades
dignas de videntes o astrólogos como la lectura del café para vaticinar
el futuro.
Llama la atención la impresionante precisión numérica con que se manejan
estos futurólogos digitales de la economía que nos hacen suponer que
poseen información privilegiada o ven cosas que nosotros los mortales no
distinguimos a primera vista.
La gran mayoría de estos videntes ya tienen sus cálculos de lo que
nos espera no sólo en el 2002 sino también lo que depara el 2003 y otros
más como en el Banco Mundial de plano se sienten los brujos mayores de
Catemaco porque ya tienen pronósticos de crecimiento económico para la
economía estadounidense para el periodo 2001-2010 (+2.7% en promedio en
los próximos 10 años).
Es evidente que resulta imposible diseñar un modelo de proyecciones
económicas capaz de tomar en cuenta y cuantificar la multitud de
factores internos, regionales y globales que impactan a una economía; no
hay bolitas mágicas.
El 2001 nos ha dejado bien clarito la importante lección de que lo único 100% previsible hoy en día es la tendencia cambiante e imprevisible de las cosas.
Simplemente a lo largo de este año en el que se esperaba un crecimiento decente del PIB a tasas parecidas al 4.5%, la economía mexicana terminará por no crecer, si no es que decrece ligeramente. De un año a otro México pasará de un crecimiento de casi el 7% a una tasa muy cercana, ya sea por arriba o por debajo, al 0% al final del 2001.
Sin embargo en los dos casos el desempeño esperado del país se salió
de los pronósticos iniciales debido a factores que nadie hubiera
adivinado.
En el pasado 2000 la economía mexicana superó las expectativas
principalmente por factores externos positivos que estaban fuera del
alcance del gobierno mexicano como son el crecimiento económico
inesperado de EUA (+4.1% anual vs. un +2.6% esperado en la estimación
oficial del gobierno mexicano), el fuerte incremento en los precios
internacionales del petróleo (el precio promedio de la mezcla mexicana
se ubicó en los 24.9 dólares por barril vs.
los 16 dólares esperados en la estimación del gobierno) y el otorgamiento del grado de inversión de parte de Moody´s a la calificación de la deuda soberana de México, que permitió al país marcar su raya frente a otros mercados emergentes y diferenciarse en lo referente a la percepción de un riesgo país menor.
A diferencia del escenario anterior, en el 2001 México se topó con un entorno exterior que no era precisamente "amigo de Fox" y que giró 180º de manera radical.
Esta vez la escena no tenía nada que ver con aquellos pronósticos optimistas que esperaban un año de "soft landing" en EUA para ajustarse a una tasa de crecimiento sostenible y seguir así con la expansión americana de la cual venía colgada la economía mexicana.
Ahora la realidad fue otra y el "atorón" venía importado desde el
norte y variadito; se juntaron los efectos que venía dejando el
estallamiento de la burbuja tecnológica de EUA sobre todos los mercados
del mundo, el impacto retardado sobre el consumo de los incrementos de
la Fed en las tasas de interés a lo largo del 2000 donde al parecer se
le pasó la manita al maestro Greenspan y ya no pudo revertir este efecto
a tiempo ni con los 10 recortes consecutivos que hasta la fecha lleva en
lo que va del 2001, y además por si fuera poco, se generaron riesgos de
inestabilidad irradiados desde otras latitudes emergentes como Turquía y
Argentina.
Así cuando el escenario no podía pintar más sombrío, al mundo le llovió
sobre mojado con los atentados terroristas del 11 de septiembre, que
terminaron por inyectar más pesimismo del que ya se tenía y por
empeorar, quién sabe hasta cuando, una situación que ya de por sí era
complicada.
Y por supuesto que habría que agregar a todos estos problemas
externos, las reformas pendientes dentro de México que siguen ahí
atoradas por cuestiones más políticas que económicas y que impiden el
estirón que le hace falta al país.
De este modo la situación se ve más que difícil, llena de interrogantes,
sin saber a ciencia cierta ni cómo ni para cuándo salir de este hoyo,
pero eso sí, las previsiones están a la orden del día. La OCDE, el club
de los países ricos, presentó hace unos días la última versión corregida
y rebajada de sus previsiones económicas.
Esta vez el organismo cambió la visión optimista de sus últimos
estudios y afirma que el mundo industrializado pasa por su primera
contracción económica en los últimos 20 años, acabando así con cualquier
residuo de optimismo.
Tanto la OCDE como el FMI coinciden en sus últimas previsiones que EUA
crecerá este año solamente 1.1% y esperan un 2002 aún más apretado con
un crecimiento del 0.7%.
El secretario del Tesoro de EUA, Paul O´Neill, no está de acuerdo con las últimas visiones de Köhler del FMI, y no tendría por qué estarlo luego de tantas correcciones, y se atreve a asegurar que esos pronósticos se quedarán cortos ante el efecto positivo que generará sobre la economía estadounidense el botiquín de primeros auxilios fiscales que ya se prepara en el congreso estadounidense.
Está tan seguro de los efectos del paquete fiscal, que ya le apostó al Sr. Köhler una tremenda cena a que no se cumplen sus pronósticos. Ojalá que Paul O´Neill no se equivoque y por andar jugando a las adivinanzas con quien no debe, nos toque a todos pagar la cuenta.
Licenciado en Administración Financiera por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey ITESM
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